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martes, 6 de noviembre de 2007

Sueños de estabilidad

De pura casualidad y sin saber que estaba por aparecer entre nuestros lectores un admirador suyo, hace poco estuve leyendo este artículo de Leijonhufvud, una Lectio Magistralis que dio en la Universidad de Trento el 1 de octubre de este año.

En su clase magistral aplica sus talentos de macroeconomista y sus conocimientos de teoría monetaria a la última crisis financiera que conocimos y nos cuenta que en la historia del desarrollo de las instituciones y mercados financieros siempre ha habido un período de prueba y error más o menos largo después de una innovación tecnológica. En esos períodos, mientras se aprende a regular y estabilizar el nuevo sistema, se suelen cometer errores bastante apreciables con enormes pérdidas de bienestar. Leijonhufvud pone entre los ejemplos de errores de este tipo a la crisis argentina del 2001, aunque se equivoca de año y dice que fue en el 2003.

Si bien nos podríamos preguntar cuáles son las alternativas, ya que sin innovaciones financieras o de las otras tampoco habría mejoras en el bienestar, también tenemos que reconocer que a los economistas, mal que nos pese, nos cuesta bastante evaluar exactamente si las pérdidas causadas por los errores de aprendizaje en un nuevo paradigma financiero son mayores o menores a los costos de oportunidad en un contexto en que se disminuye el riesgo gracias a la regulación, pero donde no se explotan los beneficios de las nuevas tecnologías financieras.

En todo caso, en los últimos años han aparecido un sinnúmero de nuevos instrumentos financieros que supuestamente permiten diversificar riesgos y abaratar costos. Pero que también hacen muchísimo más difícil hacer política monetaria en el sentido tradicional, es decir controlando los agregados monetarios. Es por eso que la política de control de la inflación en casi toda Europa se hace siguiendo la estrategia de metas de inflación.

¿Cuál es la idea detrás de esto? Los bancos centrales se fijan una meta de inflación que en el caso del BCE es debajo del 2% pero cerca -tampoco es cuestión de andar coqueteando con la deflación- y entonces ponen todo su equipo de analistas económicos a monitorear lo que pasa en los mercados y ver cuáles son las tendencias subyacentes.

Así, por ejemplo, se dice que la política monetaria del BCE descansa en dos pilares: el análisis económico, que estudia la dinámica de la economía y los posibles efectos de los shocks en los mercados de bienes, servicios y factores, y el análisis monetario, que va siguiendo el comportamiento de los agregados monetarios y de todas las variables financieras para identificar desequilibrios o burbujas en los mercados financieros o en los precios de los activos. Los dos pilares sirven para evaluar si la estabilidad de precios en el medio y largo plazo corre algún riesgo.

Según Leijonhufvud, la evolución financiera de los últimos años lleva a la economía a parecerse más a una economía de crédito puro, de tipo wickselliano dice él, donde la oferta de dinero la determina la demanda. Esa economía se opone a una de tipo ricardiano, donde los bancos centrales monopolizan la emisión monetaria e imponen exigencias de reservas controlando los agregados monetarios a través de la oferta.

En esa economía wickselliana, el stock de dinero y el nivel de precios quedan indeterminados y por eso no se puede hacer política monetaria en el sentido tradicional, aunque el Banco Central todavía tiene un instrumento para manejar la dirección del cambio en el nivel de precios: la tasa de interés.

Por eso el principal instrumento de política monetaria cuando uno sigue una estrategia de metas de inflación, pero no el único, es la tasa de interés. Si el Banco estima que hay presiones inflacionarias, sube la tasa de descuento y la baja cuando estas presiones desaparecen. El problema es que estabilizar los precios, sin embargo, será posible si y sólo si el Banco consigue acertar la tasa correcta, la tasa de interés "natural", difícil según él porque nadie la conoce exactamente, lo que suele pasar con estas tasas naturales.

El banquero central, entonces, ensaya. Si pone la tasa demasiado alta, la economía se enfría demasiado, si la pone demasiado baja, los precios se disparan. Después de un tiempito de probar y equivocarse, al final acertaría. Si no fuera por un leve detalle: las señales se hacen un poco más confusas cuando el resto de los bancos centrales del mundo mantiene sus reservas en tu propia moneda. En consecuencia, la inflación o falta de ella no demuestra demasiado sobre el estado de la economía y mientras tanto se pueden estar creando bombas por el lado de la estabilidad financiera. Y el segundo pilar se hace indispensable.

A mí, después de esto, sólo me queda decir "sólo sé que nada sé". Y esperar que con todo lo que costó la crisis argentina del 2001 por lo menos haya servido para que los sistemas financieros y los economistas aprendan a evitarlas.