Gracias a uno de esos blogs buenos pero intermitentes, que se llama La Jactancia de los Intelectuales y está escrito por un joven (¿?) economista amante de la literatura, llegué a este artículo de Fanelli publicado en junio.
Desgraciadamente el artículo está en inglés y vaya uno a saber si existe en su versión castellana, pero empieza por una revisión de la situación económica y de las posibles soluciones, tal como se presentaba la historia a principios de junio: un boom de los precios de los bienes primarios que parecía interminable o, por lo menos, sostenible.
Lo mejor del artículo, sin embargo, está en la parte final. Fanelli concluye que dadas la situación, los problemas del momento y las medidas tomadas hasta ahí, el gobierno estaba haciendo todo al revés, justo lo contrario de lo que se necesitaría hacer, "lo mismo que haría un idiota", dice, o alguien totalmente irracional.
Pero entonces nos dice que, como economista, no puede nomás asumir que la gente actúe irracionalmente, y que como la política económica implementada hasta ahí no puede de ninguna manera verse como una política racional que maximice el impacto del, hoy ya histórico, shock positivo sobre el desarrollo, la mejor forma de volver a la racionalidad es asumir que ése no es el verdadero objetivo del gobierno. Y se le ocurre un objetivo que parece ser coherente con la situación: que el gobierno esté usando la mejora en los términos de intercambio para maximizar su propio poder político, algo a lo que Lindahl ya hizo referencia en alguna que otra ocasión.
(Lindahl, yo sé que hay ocasiones mejores que las que linkeé, pero ayúdeme a encontrarlas, este blog se está convirtiendo en un arcón sin fondo).
Fanelli sigue, diciendo que en épocas de shocks se crea y se destruye riqueza y se crean y se destruyen derechos de propiedad. Llegar a un nuevo consenso con respecto a la distribución de esa riqueza y a la nueva estructura de esos derechos de propiedad, y donde además se maximice el bienestar y no se pongan en peligro los incentivos económicos necesarios para el desarrollo del país depende del equilibrio entre los actores políticos y también de la calidad de las instituciones. El problema, entonces, es político y la conclusión es maravillosa: cuanto menores sean la ambición y la codicia políticas, mayor es la probabilidad de que todos se beneficien.
Hoy ya no sabemos si esa gran oportunidad de crecer de la que hablaba Fanelli sigue en pie, pero la conclusión sigue siendo igual o quizás hasta aún más válida, cuanto menor sea la codicia política, mayor será la probabilidad de que los que más lo necesitan no sean los que más pierdan.
En este blog pretendemos compartir con ustedes nuestros pensamientos sobre finanzas públicas, economía política, politica económica y politica, aclarando como principio que las delimitaciones entre las mencionadas ramas del conocimiento no serán respetadas.
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martes, 7 de octubre de 2008
jueves, 17 de abril de 2008
Que haya ido
El gran Dani está en la Argentina y, además de dar una conferencia en algún lado, acaba de publicar un artículo en su blog sobre nuestro paisito.
Y confirma lo dicho por aquí. Sí señores, Argentina tiene una oportunidad única y maravillosa para desarrollarse y el gobierno está por tirarla por la borda. Entre los errores que enumera Rodrik algunos son despropósitos políticos como el autoritarismo y la mala relación con los empresarios. Pero otros son despropósitos económicos, como los controles de precios, la inflación que se esconde con estadísticas mentirosas, los impuestos a las exportaciones y la intervención en los mercados cambiarios (!? ¿qué quiso decir con esto?).
Nada imposible de corregir, según Dani. Más disciplina fiscal, llevarse mejor con la gente y a seguir creciendo contentos. Y entonces, el cuento ése de la liebre y la tortuga será sólo eso, un cuento.
Ojalá la presi lo haya ido a ver a Dani Rodrik. O si no, que se lo hayan contado. Porque si algún día Turquía, haciéndole caso a su economista más famoso, se convierte en un país desarrollado y la Argentina no, sabremos en qué momento se perdió el tren.
(Eh, y que se acuerde que el derrame no le llega a los más pobres. Ahí el crecimiento solo no alcanza).
Y confirma lo dicho por aquí. Sí señores, Argentina tiene una oportunidad única y maravillosa para desarrollarse y el gobierno está por tirarla por la borda. Entre los errores que enumera Rodrik algunos son despropósitos políticos como el autoritarismo y la mala relación con los empresarios. Pero otros son despropósitos económicos, como los controles de precios, la inflación que se esconde con estadísticas mentirosas, los impuestos a las exportaciones y la intervención en los mercados cambiarios (!? ¿qué quiso decir con esto?).
Nada imposible de corregir, según Dani. Más disciplina fiscal, llevarse mejor con la gente y a seguir creciendo contentos. Y entonces, el cuento ése de la liebre y la tortuga será sólo eso, un cuento.
Ojalá la presi lo haya ido a ver a Dani Rodrik. O si no, que se lo hayan contado. Porque si algún día Turquía, haciéndole caso a su economista más famoso, se convierte en un país desarrollado y la Argentina no, sabremos en qué momento se perdió el tren.
(Eh, y que se acuerde que el derrame no le llega a los más pobres. Ahí el crecimiento solo no alcanza).
jueves, 14 de febrero de 2008
Consenso se escribe con "s"
La primera vez que escuché hablar del Consenso de Washington fue en un curso de Desarrollo Económico que seguí en Dinamarca. El profesor se reía un poquito mientras lo comentaba y decía: "Bueno, todo esto a nosotros nos parece nada más que sentido común –sund fornuft, decía el tipo– pero en muchos países sería revolucionario". Entonces, a principio de los '90, el Consenso de Washington era sentido común en Dinamarca, uno de los paraísos igualitarios del mundo civilizado, y en esa clase yo no escuché absolutamente nada de neoliberalismo.
El caso es que había listas sobre lo que constituía el Consenso de Washington por todos lados y en montones de libros y de artículos y nunca me preocupé demasiado por enterarme de dónde había salido el término hasta que hace unos días Musgrave me desasnó y me pasó un artículo del inventor de la expresión, donde éste hace una especie de recapitulación de su contenido y significado unos cuantos años después.
En el mismo sitio se encuentra el artículo con la versión inicial del Consenso y debo confesar que después de leerlo, me quedé pensando que la mitad de las discusiones entre los economistas deben aparecer por problemas de comunicación o malentendidos.
Para empezar, tendríamos que recordar lo que quiere decir la palabra "consenso". La definición de la RAE dice:
consenso.
(Del lat. consensus).
1. m. Acuerdo producido por consentimiento entre todos los miembros de un grupo o entre varios grupos.
Y el Consenso de Washington era eso, una especie de acuerdo que surgió nada más y nada menos que en una conferencia sobre la Reconstrucción Económica de América Latina organizada por la Fundação Getúlio Vargas en agosto del '89 en Río de Janeiro. Esto es, en un momento en que parecía que la Argentina se desmoronaba y justo al final de lo que terminó llamándose la década perdida de América Latina. El Consenso de Washington se escribió especialmente para América Latina en esa circunstancia de parálisis y lo más raro de todo es que terminó como una receta que supuestamente se podía aplicar a todo el mundo y, además, como un ejemplo de políticas neoliberales en su peor expresión. Hasta los altermondialistes franceses dicen malas palabras en contra del Consenso de Washington cada vez que piden más protección para los trabajadores de La France.
Leyendo el artículo donde Williamson presenta su Consenso lo que vemos es lo que decía mi profesor: un conjunto de políticas que para cualquier economista normal y moderado son nada más que sentido común. Es más, la mayoría de las 10 propuestas del Consenso vienen con aclaraciones que decididamente las alejan del neoliberalismo, normalmente identificado con las escuelas de la economía de la oferta o de los ciclos económicos reales, dos escuelas cuyas recomendaciones tratan de evitar por todos los medios la injerencia del Estado en la economía.
Los puntos del Consenso están en el cuadro que sigue, al que saqué del último libro de Dani Rodrik, que también tiene algo que decir al respecto. En la primera parte del cuadro están los puntos del Consenso original, en la segunda, diez puntos adicionales que se fueron agregando gracias a los años, las discusiones y las críticas.

En lo que sigue repasaré a vuelo de pájaro los 10 principios originales con sus respectivas salvedades y calificaciones para que se vea un poco de qué se trataba y mejorar su reputación.
Si empezamos por la disciplina fiscal y la reorientación del gasto público, hay que reconocer que todo es bastante moderado, en ningún momento se recomienda bajar el gasto ni reducir la participación del Estado en la economía. Sin embargo, lo que sí se recomienda es mantener el equilibrio fiscal y reorientar el gasto para hacerlo más eficiente y más justo.
Con respecto a las reformas impositivas, la propuesta es también de lo más razonable: bases impositivas amplias y tipos impositivos marginales moderados. Aunque hay un detalle bastante revolucionario: ponerle impuestos a los capitales fugados. ¿Es eso neoliberal?
La de las tasas de interés debe ser la recomendación más pro-mercado de todas. Para evitar una mala asignación del crédito dice que es mejor que las determine el mercado. Además, tendrían que ser moderadamente positivas para estimular la inversión pero no la fuga de capitales. Reconozcamos que, cuando funciona, nada asigna mejor que el mercado, pero que el mercado de capitales en Latinoamérica es bastante restringido.
Lo del tipo de cambio es otra recomendación llamativamente razonable. La idea es que sea lo suficientemente competitivo como para promover exportaciones pero no más que eso, para no crear presiones inflacionarias ni desincentivar la inversión. Williamson define un concepto al que llama tipo de cambio de equilibrio fundamental que sería el tipo de cambio real que permite crecer a las exportaciones para que la economía crezca a su tasa de crecimiento potencial. Nada de retrasos cambiarios ni convertibilidades ni liberación total de los flujos de capital en el Consenso.
En cuanto a la política comercial, la idea a fines de los 80 era que para crecer había que promover exportaciones pero, al mismo tiempo, liberalizar las importaciones. Yo he escuchado asociar Washington a la expresión “apertura indiscriminada”. Pues no, la recomendación de Williamson es una apertura relativa, abandonando las restricciones cuantitativas e imponiendo tarifas moderadas con exenciones a la importación de insumos necesarios para la producción de bienes exportables.
La parte sobre inversión extranjera directa refleja un poco la ironía con la que mira Williamson a la política norteamericana pero además deja claras dos cosas: que la liberalización de los flujos de capital y la IED son dos cosas distintas y que restringir el acceso de esta última es una tontería en un país que necesita capital y tecnología.
Con respecto a las privatizaciones, el artículo presenta pros y contras. Williamson dice que la visión de Washington era promoverlas a toda costa, la suya propia es mucho más suave; las justifica cuando aumentan el grado de competencia y alivian la situación fiscal, pero presenta razones para preferir en ciertos casos, como por ejemplo en transporte, la empresa pública.
Otra recomendación es la desregulación de la economía. En este blog, Musgrave no se cansa de pedir más y más regulación y lo cierto es que en muchos casos se justifica. Pero hay que reconocer que la Argentina de los años ochenta estaba sobreregulada y que la regulación no era la óptima. La burocracia inútil y las reglas exageradas, omnipresentes e innecesarias le ponen un freno a la actividad económica y desincentivan a la gente, creando un clima de inoperancia.
Y el último es la defensa de los derechos de propiedad. En América Latina, y en muchos países en desarrollo, los derechos de propiedad, sobre todo los de los pobres, no están demasiado protegidos. Asegurarlos tendría dos efectos visibles: uno, que uno cuida más a lo que siente propio, el otro, que permitiría a mucha gente acceder a los mercados de capitales. Sí, el derecho a la propiedad es propio del sistema capitalista, y es fundamental para su existencia, pero de vuelta ¿neoliberal?
Si tengo que decir la verdad, un consenso que dice "Primary education is vastly more relevant than university education, and primary health care (especially preventive treatment) more beneficial to the poor than hospitals in the capital city stuffed with all the latest high-tech medical gadgets", a mí no me parece neoliberal.
En fin, si no leyeron el artículo y odian al Consenso de Washington, se los recomiendo; debe ser uno de los conceptos más injustamente vapuleados de la historia económica y merece una segunda oportunidad.
Además, la crisis argentina del 2001 no ocurrió por hacerle caso. Sirva este post de desagravio.
El caso es que había listas sobre lo que constituía el Consenso de Washington por todos lados y en montones de libros y de artículos y nunca me preocupé demasiado por enterarme de dónde había salido el término hasta que hace unos días Musgrave me desasnó y me pasó un artículo del inventor de la expresión, donde éste hace una especie de recapitulación de su contenido y significado unos cuantos años después.
En el mismo sitio se encuentra el artículo con la versión inicial del Consenso y debo confesar que después de leerlo, me quedé pensando que la mitad de las discusiones entre los economistas deben aparecer por problemas de comunicación o malentendidos.
Para empezar, tendríamos que recordar lo que quiere decir la palabra "consenso". La definición de la RAE dice:
consenso.
(Del lat. consensus).
1. m. Acuerdo producido por consentimiento entre todos los miembros de un grupo o entre varios grupos.
Y el Consenso de Washington era eso, una especie de acuerdo que surgió nada más y nada menos que en una conferencia sobre la Reconstrucción Económica de América Latina organizada por la Fundação Getúlio Vargas en agosto del '89 en Río de Janeiro. Esto es, en un momento en que parecía que la Argentina se desmoronaba y justo al final de lo que terminó llamándose la década perdida de América Latina. El Consenso de Washington se escribió especialmente para América Latina en esa circunstancia de parálisis y lo más raro de todo es que terminó como una receta que supuestamente se podía aplicar a todo el mundo y, además, como un ejemplo de políticas neoliberales en su peor expresión. Hasta los altermondialistes franceses dicen malas palabras en contra del Consenso de Washington cada vez que piden más protección para los trabajadores de La France.
Leyendo el artículo donde Williamson presenta su Consenso lo que vemos es lo que decía mi profesor: un conjunto de políticas que para cualquier economista normal y moderado son nada más que sentido común. Es más, la mayoría de las 10 propuestas del Consenso vienen con aclaraciones que decididamente las alejan del neoliberalismo, normalmente identificado con las escuelas de la economía de la oferta o de los ciclos económicos reales, dos escuelas cuyas recomendaciones tratan de evitar por todos los medios la injerencia del Estado en la economía.
Los puntos del Consenso están en el cuadro que sigue, al que saqué del último libro de Dani Rodrik, que también tiene algo que decir al respecto. En la primera parte del cuadro están los puntos del Consenso original, en la segunda, diez puntos adicionales que se fueron agregando gracias a los años, las discusiones y las críticas.
En lo que sigue repasaré a vuelo de pájaro los 10 principios originales con sus respectivas salvedades y calificaciones para que se vea un poco de qué se trataba y mejorar su reputación.
Si empezamos por la disciplina fiscal y la reorientación del gasto público, hay que reconocer que todo es bastante moderado, en ningún momento se recomienda bajar el gasto ni reducir la participación del Estado en la economía. Sin embargo, lo que sí se recomienda es mantener el equilibrio fiscal y reorientar el gasto para hacerlo más eficiente y más justo.
Con respecto a las reformas impositivas, la propuesta es también de lo más razonable: bases impositivas amplias y tipos impositivos marginales moderados. Aunque hay un detalle bastante revolucionario: ponerle impuestos a los capitales fugados. ¿Es eso neoliberal?
La de las tasas de interés debe ser la recomendación más pro-mercado de todas. Para evitar una mala asignación del crédito dice que es mejor que las determine el mercado. Además, tendrían que ser moderadamente positivas para estimular la inversión pero no la fuga de capitales. Reconozcamos que, cuando funciona, nada asigna mejor que el mercado, pero que el mercado de capitales en Latinoamérica es bastante restringido.
Lo del tipo de cambio es otra recomendación llamativamente razonable. La idea es que sea lo suficientemente competitivo como para promover exportaciones pero no más que eso, para no crear presiones inflacionarias ni desincentivar la inversión. Williamson define un concepto al que llama tipo de cambio de equilibrio fundamental que sería el tipo de cambio real que permite crecer a las exportaciones para que la economía crezca a su tasa de crecimiento potencial. Nada de retrasos cambiarios ni convertibilidades ni liberación total de los flujos de capital en el Consenso.
En cuanto a la política comercial, la idea a fines de los 80 era que para crecer había que promover exportaciones pero, al mismo tiempo, liberalizar las importaciones. Yo he escuchado asociar Washington a la expresión “apertura indiscriminada”. Pues no, la recomendación de Williamson es una apertura relativa, abandonando las restricciones cuantitativas e imponiendo tarifas moderadas con exenciones a la importación de insumos necesarios para la producción de bienes exportables.
La parte sobre inversión extranjera directa refleja un poco la ironía con la que mira Williamson a la política norteamericana pero además deja claras dos cosas: que la liberalización de los flujos de capital y la IED son dos cosas distintas y que restringir el acceso de esta última es una tontería en un país que necesita capital y tecnología.
Con respecto a las privatizaciones, el artículo presenta pros y contras. Williamson dice que la visión de Washington era promoverlas a toda costa, la suya propia es mucho más suave; las justifica cuando aumentan el grado de competencia y alivian la situación fiscal, pero presenta razones para preferir en ciertos casos, como por ejemplo en transporte, la empresa pública.
Otra recomendación es la desregulación de la economía. En este blog, Musgrave no se cansa de pedir más y más regulación y lo cierto es que en muchos casos se justifica. Pero hay que reconocer que la Argentina de los años ochenta estaba sobreregulada y que la regulación no era la óptima. La burocracia inútil y las reglas exageradas, omnipresentes e innecesarias le ponen un freno a la actividad económica y desincentivan a la gente, creando un clima de inoperancia.
Y el último es la defensa de los derechos de propiedad. En América Latina, y en muchos países en desarrollo, los derechos de propiedad, sobre todo los de los pobres, no están demasiado protegidos. Asegurarlos tendría dos efectos visibles: uno, que uno cuida más a lo que siente propio, el otro, que permitiría a mucha gente acceder a los mercados de capitales. Sí, el derecho a la propiedad es propio del sistema capitalista, y es fundamental para su existencia, pero de vuelta ¿neoliberal?
Si tengo que decir la verdad, un consenso que dice "Primary education is vastly more relevant than university education, and primary health care (especially preventive treatment) more beneficial to the poor than hospitals in the capital city stuffed with all the latest high-tech medical gadgets", a mí no me parece neoliberal.
En fin, si no leyeron el artículo y odian al Consenso de Washington, se los recomiendo; debe ser uno de los conceptos más injustamente vapuleados de la historia económica y merece una segunda oportunidad.
Además, la crisis argentina del 2001 no ocurrió por hacerle caso. Sirva este post de desagravio.
viernes, 11 de enero de 2008
Hegemonía y Desarrollo Económico
Comentando este interesante post del Escriba, llegué a una afirmación contundente pero quizás polémica y hasta erronea. "El rasgo común que encuentro en los casos exitosos de desarrollo económico es la HEGEMONÍA del grupo político-económico que lidera el proceso".
Como somos pocos los economistas que comentamos en lo del Escriba, me pareció oportuno traer la frase a nuestro blog.
¿Estimados colegas la frase que acaban de leer les parece correcta?
En caso afirmativo, ¿cuál es la explicación?.
Desde ya agradezco vuestro aporte a la generación del conocimiento común.
Como somos pocos los economistas que comentamos en lo del Escriba, me pareció oportuno traer la frase a nuestro blog.
¿Estimados colegas la frase que acaban de leer les parece correcta?
En caso afirmativo, ¿cuál es la explicación?.
Desde ya agradezco vuestro aporte a la generación del conocimiento común.
miércoles, 22 de agosto de 2007
Los argentinos son unos vagos
O la maldición del país de ingresos medios.
La tasa de participación laboral, también llamada tasa de actividad, mide la cantidad de gente activa en el mercado de trabajo como porcentaje de la población en edad de trabajar. Normalmente, lo que se considera es el grupo de edad entre 15 y 64 años. En Argentina es el grupo de población a partir de los 14 años. En todo caso, la tasa de actividad da una medida de la oferta de trabajo, ya que se calcula teniendo en cuenta a la gente que trabaja o a los que están buscando trabajo, los desempleados. Además, es la principal característica estructural del mercado de trabajo, siendo especialmente interesante analizarla por grupo de edad o por género.
Entonces se me ocurrió comparar Argentina con todos los países de la Unión Europea. Como se ve en el siguiente gráfico, el resultado es bastante desalentador. Si Argentina estuviera en la UE sería, casi, el peor país de todos. Sólo en Malta, un paisito minúsculo que no representa nada, la gente trabaja menos que en Argentina.

Bueno, dirán, siempre comparando con Europa esta mujer. ¿Por qué no nos compara con países parecidos? Y entonces hice la comparación con algunos de los países de Latinoamérica, por lo menos los que a mí me parecieron relevantes. Y aquí se ve el resultado.

Tampoco es gran cosa ¿no? Las cifras no son directamente comparables, ya que para el primer gráfico usé como fuente las últimas cifras de Eurostat y el Indec y para el segundo a la OIT. En todo caso, las fuentes son serias (!?), son las mejores que tenemos disponibles y sirven como aproximación.
La idea es que en Argentina tenemos casi a la mitad de la población en edad de trabajar sin hacerlo. Una buena cantidad de recursos ociosos.
Lo cierto es que cuando se relaciona la tasa de participación con el grado de desarrollo uno obtiene una especie de figura en forma de U. A menor grado de desarrollo, todo el mundo trabaja, miren sino Bolivia o Paraguay, un poco lo mismo que lo que pasa en Africa. A medida que aumenta el grado de desarrollo, un grupo, los hombres en su mejor edad, consiguen mejores trabajos y mejores ingresos y una parte del grupo familiar se puede permitir no trabajar, los hijos jóvenes para estudiar y las mujeres vaya a saber para qué, procrear y criar hijos de mejor calidad, por ejemplo. En los países más desarrollados, las oportunidades de ingreso mejoran para todos y todo el mundo participa. El trabajo y el ocio se reparten mejor entre todos los grupos de edad y entre los géneros.
Uno de mis amigos españoles me contó lo que pasó en España entre la segunda mitad de los sesenta y la primera mitad de los setenta. Hasta ese momento, España era un país relativamente pobre que empezaba a desarrollarse y en el que se creaban muchísimos empleos. Además, la familia típica era bastante numerosa, ya que la tasa de natalidad era la de una sociedad católica y franquista. Lo cierto es que llegaba un momento en que los hijos de una familia pobre entraban al mercado de trabajo y en esa familia, que hasta ese momento había sobrevivido con el ingreso del padre, entraban cinco o seis ingresos, ingresos bajos, eso sí, pero que multiplicados por cinco o seis, le daban a esa familia la posibilidad de consumir bienes que hasta ese momento le eran inalcanzables.
Me acuerdo que ese día discutíamos porqué Argentina no entraba nunca en un sendero de crecimiento continuo. Trabajar más me pareció un buen punto de partida.
La tasa de participación laboral, también llamada tasa de actividad, mide la cantidad de gente activa en el mercado de trabajo como porcentaje de la población en edad de trabajar. Normalmente, lo que se considera es el grupo de edad entre 15 y 64 años. En Argentina es el grupo de población a partir de los 14 años. En todo caso, la tasa de actividad da una medida de la oferta de trabajo, ya que se calcula teniendo en cuenta a la gente que trabaja o a los que están buscando trabajo, los desempleados. Además, es la principal característica estructural del mercado de trabajo, siendo especialmente interesante analizarla por grupo de edad o por género.
Entonces se me ocurrió comparar Argentina con todos los países de la Unión Europea. Como se ve en el siguiente gráfico, el resultado es bastante desalentador. Si Argentina estuviera en la UE sería, casi, el peor país de todos. Sólo en Malta, un paisito minúsculo que no representa nada, la gente trabaja menos que en Argentina.

Bueno, dirán, siempre comparando con Europa esta mujer. ¿Por qué no nos compara con países parecidos? Y entonces hice la comparación con algunos de los países de Latinoamérica, por lo menos los que a mí me parecieron relevantes. Y aquí se ve el resultado.

Tampoco es gran cosa ¿no? Las cifras no son directamente comparables, ya que para el primer gráfico usé como fuente las últimas cifras de Eurostat y el Indec y para el segundo a la OIT. En todo caso, las fuentes son serias (!?), son las mejores que tenemos disponibles y sirven como aproximación.
La idea es que en Argentina tenemos casi a la mitad de la población en edad de trabajar sin hacerlo. Una buena cantidad de recursos ociosos.
Lo cierto es que cuando se relaciona la tasa de participación con el grado de desarrollo uno obtiene una especie de figura en forma de U. A menor grado de desarrollo, todo el mundo trabaja, miren sino Bolivia o Paraguay, un poco lo mismo que lo que pasa en Africa. A medida que aumenta el grado de desarrollo, un grupo, los hombres en su mejor edad, consiguen mejores trabajos y mejores ingresos y una parte del grupo familiar se puede permitir no trabajar, los hijos jóvenes para estudiar y las mujeres vaya a saber para qué, procrear y criar hijos de mejor calidad, por ejemplo. En los países más desarrollados, las oportunidades de ingreso mejoran para todos y todo el mundo participa. El trabajo y el ocio se reparten mejor entre todos los grupos de edad y entre los géneros.
Uno de mis amigos españoles me contó lo que pasó en España entre la segunda mitad de los sesenta y la primera mitad de los setenta. Hasta ese momento, España era un país relativamente pobre que empezaba a desarrollarse y en el que se creaban muchísimos empleos. Además, la familia típica era bastante numerosa, ya que la tasa de natalidad era la de una sociedad católica y franquista. Lo cierto es que llegaba un momento en que los hijos de una familia pobre entraban al mercado de trabajo y en esa familia, que hasta ese momento había sobrevivido con el ingreso del padre, entraban cinco o seis ingresos, ingresos bajos, eso sí, pero que multiplicados por cinco o seis, le daban a esa familia la posibilidad de consumir bienes que hasta ese momento le eran inalcanzables.
Me acuerdo que ese día discutíamos porqué Argentina no entraba nunca en un sendero de crecimiento continuo. Trabajar más me pareció un buen punto de partida.
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