Mostrando las entradas con la etiqueta incentivos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta incentivos. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de septiembre de 2008

Honestidad brutal

Rollo descubrió una muy interesante entrevista a Kirchner cuanto todavía no era presidente. Hace unos meses, un lector brasileño nos dejaba su discurso de asunción en el Congreso. Las dos cosas me hicieron acordar por qué yo también me había hecho ilusiones a principio del 2003.

Y mientras, uno de los contertulios de Artepolítica me cuenta de un precioso informe sobre democracia en América Latina publicado por el PNUD, donde me encuentro con un cuadrito de lo más revelador.


La verdad que tamaña honestidad me causó gracia. El electorado latinoamericano no parece demasiado confundido. Casi, casi, yo diría hasta que la tiene muy clara. Encima la encuesta es del 2002, como si fuera un aviso. Pero parece que aunque uno sabe que le mienten, a veces elige creer de vuelta, hacerse ilusiones y depositarles su confianza. Aunque es difícil creer que se puede mentir para siempre. En algún momento debe haber algún tipo de presión que haga sentir que no cumplir las promesas electorales es una forma de despedirse del poder otorgado por el pueblo.

domingo, 21 de octubre de 2007

Los incentivos en la vejez

A esta altura, ya todo el mundo sabe que el premio Nobel de este año se dio en la parte de la microeconomía más teórica que existe, pero justo dos días después yo descubrí una aplicación a las finanzas públicas que es un ejemplo precioso del diseño de mecanismos en todo su esplendor.

El caso es que Dinamarca lleva como tres o cuatro años en el medio de un boom económico que parece haber llegado a la cima más o menos por estos meses y que como uno de sus síntomas muestra una situación en el mercado de trabajo que no se ve desde hace 30 años; una tasa de empleo cercana al 78% y una de desempleo del 3,2%. Hay escasez de mano de obra en todos los sectores, especialmente en la construcción y en el sector público, donde faltan maestros, profesores, maestras jardineras, enfermeras, médicos, economistas, lo que a uno se le ocurra.

La falta de mano de obra no se va a hacer menor en los próximos años, las cohortes que nacieron a mediados de los ochenta son las más pequeñas de la historia y acaban de entrar en su prime age laboral. El resultado es que Dinamarca recibe recomendaciones de todos los organismos internacionales habidos y por haber para que hagan algo para aumentar la oferta de trabajo, lo que es bastante difícil para un país que ya tiene la tasa de actividad más alta de la UE.

¿De dónde sacar gente? Hay dos o tres grupos posibles, pero el más obvio de todos son los que tienen entre 62 y 67 años. En Dinamarca hay un sistema de jubilación anticipada que hace que uno se pueda jubilar a partir de los 60 años. El efecto de ese sistema hace que la tasa de participación caiga como 30 puntos porcentuales entre los 59 y los 62 años, sobre todo para las mujeres.

Las organizaciones internacionales que nombré antes no se cansan de recomendar que hay que desmantelar por completo el sistema de jubilación anticipada, pero hay que reconocer que en la misma Dinamarca el proyecto no tiene demasiado apoyo ni político, ni popular.

¿Qué hacer, entonces? El gobierno acaba de presentar una propuesta que ofrecería una ventaja impositiva a la gente mayor de 60 años que no se jubile, pero las críticas arrecian. ¿Cuán absurda puede ser una política que primero gasta plata jubilando a la gente por anticipado y después gasta todavía más plata ofreciéndoles una ventaja impositiva para que no se jubilen?

Y acá aparecieron los "sabios" del Consejo Económico, una institución que normalmente hace los mejores análisis de la economía danesa que existen.

Según ellos, no tiene sentido ofrecer una ventaja impositiva a la gente que de todas formas permanecería en el mercado de trabajo, aunque sí a la gente que se retiraría. Como no se sabe quién se retiraría y quién no –típico problema de información imperfecta- la idea es usar la información estadística disponible que dice que el grupo al que hay que estimular para que trabaje son los de 64 años para arriba. Ventajas impositivas para los de 64 años y más, entonces. Pero así nos perdemos a los más jóvenes (los de 61, 62 y 63 años), es la primera objeción que hizo mi marido mientras yo le contaba la propuesta. No, le dije, porque la idea es que la ventaja impositiva la obtenés a partir de los 64 años pero sólo si estuviste activo en el mercado de trabajo durante los tres años anteriores.

Y así, se gasta sólo plata en el grupo de más de 64 años, pero también se consigue que trabajen más todos los que abandonarían el mercado de trabajo a partir de los 61. Y eso no es otra cosa que diseñar un mecanismo de incentivos.

La idea también incluye detalles sobre los tiempos de implementación, con el fin de conseguir que la medida surta efecto lo más rápido posible. Al fin de cuentas el boom es ahora, el año que viene puede pasar cualquier cosa y los cuellos de botella en el mercado de trabajo quizás desaparezcan.

El sólo detalle en contra: algunas encuestas indican que a esta altura de su nivel de desarrollo, si a los daneses les dan a elegir, prefieren pagar más impuestos y trabajar menos, así que tanto diseño, tanto diseño, pero nos olvidamos de un detalle clave, las preferencias.

lunes, 15 de octubre de 2007

Nobel 2007

Otro lindo premio Nobel. Esta vez se lo llevan los que desarrollaron la teoría de los diseños de incentivos, mecanismos de asignación de recursos que funcionan en condiciones mucho más generales que las restrictas y poco realistas del texto básico de microeconomía.

Leonid Hurwicz, Eric S. Maskin y Roger B. Myerson nos enseñaron que la microeconomía también funciona cuando no hay competencia perfecta, o con información asimétrica, bienes públicos y externalidades y que también en esos casos es posible diseñar un buen mecanismo o un buen contrato que conduzca a un resultado bastante parecido al óptimo.

Y son los que nos cuentan no sólo porqué es más eficiente pagar impuestos que no hacerlo, sino también cómo es posible diseñar el sistema impositivo haciéndolo compatible con los incentivos de los agentes económicos.

Bien merecido se lo tienen.

miércoles, 15 de agosto de 2007

De tontos y avivados

Como lo defino yo, el homo-economicus existe. Pero maximiza una función de utilidad de múltiples variables a las cuales pondera no siempre de la misma forma o de cuya existencia no siempre es consciente, sujeta a múltiples restricciones no siempre conocidas o cuantificables. Con esto quiero decir que el ser humano actúa más o menos racionalmente dada la información a la que tiene acceso y que no es tonto, vamos, aunque no siempre parezca consistente.

Dicho esto, es interesante ver lo que pasa cuando uno de esos individuos interactúa con otro y en un caso especial: el de uno de ellos queriendo influir sobre la conducta del otro para maximizar un beneficio, teniendo en cuenta que el otro también maximiza su utilidad. Este problema se conoce en la literatura económica como el problema del principal y el agente y es la herramienta básica en la teoría de agencia, teoría que se usa cuando se levanta el supuesto de información perfecta presente en los modelos walrasianos.

En el modelo básico el principal, por ejemplo un jefe, tiene que diseñar un contrato de tal manera que el agente, su empleado, lo ayude a maximizar su beneficio, en este caso trabajando lo máximo posible, pero sin olvidar dos cosas: una, que el agente no es tonto y no hace nada por amor al arte, sino que también está maximizando, otra, que no conoce demasiado bien al agente y que a través del diseño del contrato puede obtener información sobre él. Esto es lo que se conoce como información asimétrica. Lo que tiene que hacer el principal, entonces, es motivar al agente –por eso hablamos de incentivos y de diseño de incentivos– y además saber cómo es.

A mí este tipo de modelos me parecen fascinantes, una vez que uno se pone a pensar en esta línea de pensamiento descubre que tiene un sinnúmero de aplicaciones, siendo una de ellas por ejemplo el saludo y la sonrisa que uno le dedica al encargado de la máquina de hacer café en el trabajo todas las mañanas para asegurarnos que nuestro café esté bien hecho y con la leche bien batida y espumosa. En este caso el agente es el que hace el café y el cliente el principal. El cliente motiva al cafetero con el saludo y como el cafetero se pone contento le prepara un buen café con leche en lugar de uno de esos cafés aguados con leche fría que uno se puede llegar a merecer por antipático.

Esta larga introducción es para contar que diseñar un sistema impositivo también debe ser visto desde esta óptica. Uno de los pioneros en información asimétrica fue James A. Mirrlees que justamente lo hizo a través de una aplicación a las finanzas públicas y terminó ganando el premio Nobel. La idea básica del trabajo de Mirrlees es que el problema del Gobierno cuando decide la estructura impositiva se debe a que no conoce las características claves de los individuos sino sólo su comportamiento. El gobierno no sabe si el que paga impuestos es rico o pobre, ahorrador o derrochón, trabajador o vagonete, pero lo descubre a través de lo que consume o a través de lo que gana trabajando y así diseña el sistema de impuestos óptimo.

En ese sistema óptimo el Gobierno hace un mix de impuestos, subsidios, beneficios y bienes públicos que incentivan al individuo a participar y a pagar lo que sea necesario. Si el sistema está mal diseñado, por el contrario, el individuo, o no participa y se va a vivir a otro lado, lo que pasa en países donde la relación impuestos-beneficios es demasiado alta o en los casos de los tenistas jóvenes que para no dejar los ingresos de toda su vida en las arcas del fisco se radican en Mónaco, o deja de pagar y evade, lo que se observa en los casos donde lo que uno obtiene por lo que paga deja muchísimo que desear, o se aprovecha de los beneficios sociales como puede, lo que se ve en algunos países donde la gente trabaja en negro y al mismo tiempo cobra el seguro de desempleo o hace como que se divorcia para obtener más asignaciones familiares.

La gente no es tonta y busca siempre obtener el máximo posible de cualquier situación. Y a nadie le gusta que le metan la mano en el bolsillo porque sí. Para que participen y el sistema funcione la combinación de premios y castigos tiene que estar bien diseñada. Dosis exactas de palo y zanahoria, en otros términos.

Y esto fue un poco largo, sí, pero me parecía necesario dejarlo claro. Sin entender los mecanismos del diseño de incentivos es imposible entender demasiado de finanzas públicas.