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martes, 6 de octubre de 2009

Lo pedís, lo tenés

El CEDLAS, uno de nuestros institutos de investigación económica preferidos (por lejos) nos da los gustos. En el post donde se bautizó El del 0.33% había expresado mi deseo de que se creara en Argentina un calculador de distribución del ingreso como el que mostraba en ese post "para que los sindicalistas se ubicaran y algún que otro descontento se contentara". Hoy, gracias a Robinson, me encontré el creado por el CEDLAS, versión criolla y mejorada del otro. Lo más lindo es que se puede comparar la percepción con la realidad.

¿Me cuentan el resultado de esa comparación?

jueves, 12 de marzo de 2009

Los ricos son unos pavos

Nuestro estimado lector Guillermo nos suele enviar desde Londres recomendaciones de lecturas. Casi siempre son artículos muy interesantes de The Guardian, un diario un poco de izquierda leído por gente que vota Labour y Liberal Democrat, dos partidos que entre él y El loro de John Silver seguramente nos van a ubicar en el espacio.

Pues bien, el artículo que me manda hoy es un comentario sobre un libro que se llama The Spirit Level: Why More Equal Societies Almost Always Do Better (o Por Qué A Las Sociedades Más Equitativas Casi Siempre Les Va Mejor), escrito por dos profesores ingleses que se dedican a temas de inequidad, entre otras cosas. Y aunque todavía no lo leí, tiene tan, pero tan buena pinta que lo empiezo a recomendar aún antes de leerlo.

En el libro, los autores sostienen que todos los problemas sociales en los países desarrollados – la esperanza de vida baja, la mortalidad infantil, las drogas, el crimen, las tasas de homicidio (¡la inseguridad!), las enfermedades mentales y hasta la obesidad – tienen un sola y única raíz: la inequidad.

Lo mejor de todo es que dicen algo que venimos diciendo desde siempre en este blog. La inequidad económica y social y los problemas que conlleva no son sólo un problema de los pobres y de los menos privilegiados, sino que son un problema de toda la sociedad. De los pobres, los ricos y los de clase media. Una sociedad polarizada es fea para todos. Para los pobres, porque sufren los problemas en la primera línea de fuego y también para los ricos, que las sufren no sólo como externalidades negativas, sino también bastante directamente.

La esperanza de vida, por ejemplo, es más baja en las sociedades inequitativas que en las equitativas. Y es más baja tanto para el señor del primer decil como para el del último. Un rico, rico vive menos en Estados Unidos que en Suecia, pese a que el gasto en salud sueco es un poco más que la mitad del norteamericano. La mortalidad infantil, la obesidad, la tasa de embarazos adolescentes, la locura o la tasa de homicidios también son más altas en el Reino Unido y los Estados Unidos que en Japón, Suecia, Noruega o Dinamarca.

Y la inequidad como factor explicativo de todas estas calamidades resulta ser una variable bastante robusta. Cuando el modelo se aplica a los estados norteamericanos – algo que se hizo para descartar el factor cultural – los resultados son similares. También lo controlaron por otras variables: religión, multiculturalismo y otro montón de cosas que se les ocurrieron pero que habrá que leer el libro para enterarse. El resultado daba siempre igual. La inequidad como explicación de los males del universo.

Además, hay un detalle que a mí me dejó bastante impresionada: una de las explicaciones que se les ocurrieron a los autores de esta relación tan fuerte es la siguiente: En las sociedades más desiguales, se crea una especie de tensión psicológica – causada por la frustración, supongo – que desemboca en la persecución de bienes materiales que señalen status: estas señales adquieren más importancia en las sociedades inequitativas y la lucha para conseguirlas se refleja en los infelices indicadores sociales.

Si esto pasa en los países ricos, imaginemos lo que esto significa para los países latinoamericanos como el nuestro, donde además aparecen personajes de la farándula con ideas de lo más estrafalarias, filosofetes de cuarta, políticos más mentirosos que la media, teorías económicas que uno creía ya perimidas desde hace 20 años, instituciones mal diseñadas o donde el diseño se tergiversó tanto que ni nos enteramos cuál era la idea inicial de los diseñadores, discusiones sobre el rol del Estado en la economía que parecen de ciencia ficción, tanto desde el lado de los que quieren más como del de los que quieren menos, y así.

Considerando todo eso, resulta bastante claro que la lucha por más justicia social no debería ser el monopolio de los pobres y que todos esos ricachones que se niegan a pagar impuestos se están haciendo un flaco favor. Al final, cuando votan a un candidato que les promete no subir los impuestos terminan siendo igual de miopes que los pobres de las villas que votan porque les regalan un colchón.

Lo mismo que los políticos que no se animan a presentar en las campañas proyectos tributarios con unos buenos impuestos a los ingresos y a la propiedad, vamos.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Keynes y la distribución del ingreso

El último capítulo de la Teoría General se llama "Concluding Notes on the Social Philosophy towards which the General Theory might lead", esto es, "Notas Finales sobre la Filosofía Social hacia la cual conduce la Teoría General" o Ideología detrás de la Teoría General, qué tanto. Y la verdad que es una joyita al que este post no le va a poder hacer justicia, aunque lo intente.

Ahí Keynes dice que "los problemas más grandes de la sociedad en la que vivimos son sus dificultades para llegar al pleno empleo y lo arbitrario e inequitativo de su distribución de la riqueza y el ingreso".

Y entonces sigue – téngase en cuenta que esto fue escrito en 1936 – "Desde el final del siglo XIX se ha progresado mucho en remover las enormes inequidades en la distribución de la riqueza y del ingreso gracias a los impuestos directos – impuestos a los ingresos, impuestos extraordinarios e impuestos a la herencia – especialmente en Gran Bretaña. Mucha gente querría ver que este proceso fuera mucho más lejos, pero los detienen dos consideraciones; por una parte, el miedo a que las altas tasas impositivas fomenten la evasión y disminuyan demasiado el incentivo a tomar riesgos, pero principalmente la creencia de que el crecimiento del capital depende de la fuerza de los incentivos hacia el ahorro individual, y que una gran proporción de ese crecimiento depende del ahorro de los ricos".

Y entonces dice que, de acuerdo a la Teoría General, si no estamos en condiciones de pleno empleo una baja propensión a consumir no alienta la inversión ni el crecimiento del capital y que las medidas redistributivas que tiendan a mejorar la propensión a consumir incentivan la inversión y el crecimiento. Y esta señora concluye que el mejor incentivo para el crecimiento es aumentar la posibilidad de consumir de los más pobres que son los que tienen una flor de demanda postergada.

Su propia opinión, nos dice, es que puede haber algún tipo de justificación social y psicológica para que existan inequidades distributivas pero "no tan grandes como las que existen hoy". Si nos ponemos a pensar un poco, la distribución del ingreso en la Gran Bretaña de los años '30 ¿sería mayor o menor a la de América Latina A.D. 2009? Yo supongo que serían parecidas.

De todas formas, sus justificaciones para la existencia de cierta inequidad son bastante interesantes y hasta discutibles, como donde dice que "algunas peligrosas inclinaciones humanas pueden ser neutralizadas por la posibilidad de hacerse rico" o "es mejor que un hombre tiranice a su cuenta de banco que a sus conciudadanos". Ahí se olvidó que también es posible que un hombre tiranice a sus conciudadanos gracias a su cuenta de banco, pero quizás no del todo, porque concluye que sería posible limitar las dañinas inclinaciones humanas aún limitando bastante la posibilidad de hacerse rico en relación a la época en la que se encontraba. Que alguna gente sea más rica que otra está bien, que sean escandalosamente más ricas, no tanto, es lo que parece desprenderse.

Esto es sólo la primera parte del capítulo, que se completa con reflexiones sobre la evolución secular de la tasa de interés y su efecto sobre el capital, los capitalistas y los rentistas, con otras sobre el capitalismo, el socialismo y el totalitarismo, sobre el rol del Estado (no, no propone un Estado empresario, Artemio) al que le asigna la importante función de afectar la propensión a consumir y los incentivos a invertir a través del sistema impositivo, el manejo de la tasa de interés y de "otras formas". Supone que la tasa óptima de inversión no se va a alcanzar solamente gracias al manejo de la tasa de interés y por eso cree que el único medio de llegar a eso es un considerable grado de socialización de la inversión.

Y sin embargo dice que "no hay ninguna razón evidente que justifique un sistema de Socialismo de Estado que abarcaría la mayor parte de la vida económica de la comunidad. No es importante que el Estado asuma la propiedad de los instrumentos de producción. Si el Estado es capaz de determinar la cantidad total de los recursos dedicados a aumentar los instrumentos y la tasa básica de compensación a aquellos que los poseen, se ha realizado todo lo que es necesario".

Hay que reconocer que 72 años después los economistas sabemos no sólo cómo se distribuye el ingreso, cosa que ya sabía Keynes, sino también dónde tiene que invertir el Estado: en escuelas y hospitales, primero, y después en redes, esto es, transporte, energía y comunicaciones.

Que el 2009 sea un lindo año keynesiano.

viernes, 25 de julio de 2008

Lucha de clases

Me tiene bastante intrigada, así que pregunto ¿de qué clase social se sentirá Cristina Kirchner? Porque de clase baja y excluida seguro que no es ni lo fue nunca, y con la clase media parece no sentirse muy identificada que digamos.

El recurso ese de pegarle a la clase media me parece perverso. Por un lado, muchos argentinos crecimos con la creencia que uno de los aspectos visibles del desarrollo de Argentina con respecto al resto del continente era que había una mayor proporción de clase media que en los países vecinos, salvo Uruguay. Por otro, en casi todo el mundo se considera deseable que a medida que aumenta el nivel de vida, los pobres dejen de ser pobres y se integren a la clase media. Pero para la presidenta, parece que ser de clase media es un estigma y que haya más clase media un efecto colateral del crecimiento económico que no resulta bienvenido.

Es cierto que las exigencias de una sociedad con mucha clase media son distintas que las de otra con mucha diferenciación social, pero de ahí a tratar a la clase media como un factor negativo en el proceso de participación política, hay un trecho. En el fondo, rechazar a la clase media y negar que sus intereses también son legítimos es una forma de querer mantener el status quo.

A ver si con tanto desprecio, termina convenciendo a la gente que es mejor quedarse pobre.

domingo, 15 de junio de 2008

La redistribución invisible


Llevo meses queriendo comprobar por mis propios ojos que la famosa redistribución del ingreso de la que tanto hablan la presidenta y su esposo se está realizando de verdad. Deseo frustrado, hay que confesarlo, porque si es cierto que hubo redistribución en algún grado, ésta debe haber empezado después del 2006. Las últimas estadísticas del gasto público consolidado son de ese año y hasta ahí, disculpen los que creían lo contrario, de distribución no había habido demasiado. El gasto público muestra lo de siempre, poco gasto social y, cuando lo hay, da casi rabia ver lo regresivo que es.

¿Regresivo? ¿Cómo puede el gasto social ser regresivo? Y sí, puede. El gasto social es regresivo cuando no está dirigido a los más pobres de todos, sino a los que tienen la suerte de estar dentro del sistema, y eso es lo que pasa en Argentina, donde el sistema de protección social no sólo está demasiado fragmentado, sino que además deja a la población más vulnerable sin cobertura, a causa de su falta de relación con el mercado de trabajo formal.

Por ejemplo, la proporción del gasto en salud pública es mucho menor que lo que se gasta en financiar las obras sociales, el Gini del gasto en jubilaciones debe dar igual de alto, o más, que el de la Argentina entera, lo que se gasta en políticas de empleo activas o pasivas es insignificante, y el gasto en políticas de infancia –necesario para que esos nenes que piden limosna cerca de las estaciones de tren porteñas a las doce de la noche se queden en su casa descansando para poder ir a la escuela el día siguiente– más todavía. Encima, uno de los resultados de todas las crisis es que cada vez menos gente quedó cubierta, sobre todo los que tienen menos de catorce años.

El 2007 todavía es un misterio y con la política de información que tiene este gobierno, parece que lo va a seguir siendo por un tiempo más. Lo que hace dudar de la supuesta redistribución. Si fuera cierta ¿no estarían orgullosos de mostrarla, con estadísticas fiables y elaboradas de acuerdo a metologías aceptadas por la comunidad estadística internacional?

jueves, 20 de diciembre de 2007

Una gran noticia

Aunque a mí me llegó medio atrasada. La OECD acaba de publicar por primera vez en su historia las Perspectivas Económicas para América Latina, un informe que lleva el más que atractivo nombre de LEO 2008 y fue presentado con bombos y platillos bien merecidos en Santiago de Chile el 7 de noviembre y en Washington el 6 de diciembre. El informe está dedicado a cuatro temas principales: política fiscal, fondos de pensiones y desarrollo del sector financiero, inversión extranjera y telecomunicaciones y, por último, la creciente relación comercial con China e India.

La introducción de Angel Gurría nos dice que las perspectivas para el continente son positivas ya que los beneficios de la globalización también se han hecho notar en América Latina, pero los desafíos siguen siendo importantes, lo que no es ninguna novedad. El crecimiento ha sido más bajo que en otras regiones y todavía no es ni sostenido ni sostenible, además de que es la región con más inequidad del mundo y el número de pobres –casi 40% de la población, más de 200 millones de personas– demasiado alto.

Aquí, como de costumbre, nos concentraremos en la parte fiscal, que es la que nos gusta tanto. El documento hace una analogía de lo más interesante entre buen gobierno y legitimidad en el terreno político y en el fiscal. Dice que así como los buenos gobiernos democráticos le dan legitimidad a la democracia al aumentar la confianza de la gente en este sistema de gobierno, las buenas prácticas fiscales, es decir el manejo serio y responsable de los ingresos fiscales y el gasto público, hacen que la gente confíe en el Estado como participante activo de la vida económica y se vea más incentivada para pagar impuestos.

Pero, desgraciadamente, la legitimidad fiscal no parece ser demasiado alta en América Latina. Según las encuestas, apenas un poco más del 20% de la población creía en el 2005 que los impuestos que pagaban se gastaban bien, aunque hay que reconocer que las cosas iban por buen camino: en el 2003 ese porcentaje era sólo del 15%. En Argentina, por ejemplo, se pasó de 17% en 2003 a 21% en 2005. Según la OECD, tamaña falta de confianza es porque los sistemas de impuestos y beneficios sociales latinoamericanos sirven menos para redistribuir el ingreso que en otros países de la OECD y así pierden credibilidad.

La tabla siguiente ilustra lo poco redistributivos que son los sistemas fiscales latinoamericanos.



Vemos que el índice de inequidad baja apenas 2 puntos en América Latina después del pago de impuestos y transferencias, mientras que baja casi 15 puntos en Europa. En conclusión, en la región no hay distribución del ingreso a través del Estado. Para empeorar las cosas, hasta los sistemas de seguridad social son regresivos; en los programas con más peso, los beneficios van hacia los más favorecidos y los programas más progresivos son pocos y con poco dinero.

Los consejos de la OECD para la región no son desconocidos para los que leen este blog: más gasto público, pero de mejor calidad y más justo, en educación, salud, infraestructura e innovación. Desde el punto de vista de los ingresos, recomiendan eliminar exenciones y así reducir el gasto impositivo porque las exenciones benefician más a los ricos que a los pobres y aumentar la proporción en los ingresos fiscales de los impuestos directos. Sólo aumentando la base impositiva y mejorando la calidad del gasto se obtendrá la famosa legitimidad fiscal que a su vez sirve para reforzar la legitimidad democrática.

Y parece que Chile ya va en camino de hacerse miembro ¿qué tal?

sábado, 8 de diciembre de 2007

Emergencia Económica

Esta semana Diputados dió media sanción a la norma que extiende la vigencia de la ley de Emergencia Económica sancionada por el Congreso a pedido del Cabezón Duhalde como condición para hacerse cargo de timón del barco en medio del tsunanmi del 2001.

Este miercoles, el gobierno no pudo conseguir los 37 votos de senadores que necesitaba para cumplir con el deseo de CFK de asumir con la ley ya promulgada. Este contratiempo fue presentado por los medios como el primer traspié del nuevo gobierno y los diarios se inundaron con notas acerca del tema.

Hoy en Clarín podemos leer esta nota, como muchas otras que he leído esta semana pone en duda la necesidad de prorrogar una ley llamada de Emergencia Económica.

Una de tareas que debo cumplir cada cuatrimestre es levantarles la moral a mis decepcionados alumnos que empezaron a estudiar economía pensando que era una ciencia social. La tarea la cumplo con placer y facilidad, la segunda clase de la cursada los bombardeo con la Teoría del Bienestar, sus dos teoremas y la optimalidad paretiana de la distribución del ingreso. Es fantástico ver como los chicos disfrutan ver que al final no estaban equivocados cuando decidieron seguir los pasos de Adam Smith.

Tanto los notas de los diarios como las declaraciones de politicos y legisladores opositores en su mayoria basan sus criticas a las intenciones del gobierno en la argumentación de que despues de 5 años de crecimiento del PBI a tasas chinas no se puede hablar de Emergencia Económica.

Como nos cuenta Artemio "Manolo estamos muy lejos..pobreza 1974 6%, hoy 25%, indigencia 1974 2%, hoy 8% con suerte, desempleo 3%hoy 8% , informalidad 1974, 15% hoy 40%, brecha entre 10% más rico y más pobre 8 veces en octubre del 74, hoy 25, estrato medio y medio alto en 1974 representaba el 80% de la población, hoy el 51%..." Entonces a pesar de los fantásticos números macroeconómicos, los superavits gemelos y la mar en coche todavía queda mucho pero mucho camino por recorrer.

Si para los economistas profesionales, periodistas económicos y legisladores que haya un 25% de compatriotas pobres y 40% de trabajadores en negro no es una situación de emergencia, quizás yo esté equivocado y mis alumnos tengan razón al sentirse decepcionados por haber creído que la economía era una ciencia social.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Más ricos que nunca


En los comentarios a este post apareció una idea errónea que ya he visto rondando en varios comentarios en éste y en otros blogs. Según esa idea una de las dificultades para conseguir una mejor distribución del ingreso en Argentina es que cada vez hay menos para repartir.

Si bien es cierto que la situación relativa de Argentina en cuanto al nivel de ingreso per cápita no es ninguna maravilla, es necesario dejar de pensar que Argentina nunca estuvo mejor que en 1974. En realidad, el mejor nivel de ingreso per cápita de toda la historia es el de estos años y como, además, no hay ninguna recesión en puerta va a seguir mejorando por lo menos durante un año más, aunque sea por puro efecto arrastre. Así que para repartir, hay.

Como vemos en el gráfico, el PIB per cápita creció más o menos continuamente hasta 1974, luego descendió sin prisa pero sin pausa hasta 1990, un retroceso que lo llevó hasta el mismo nivel de 1968, volvió a crecer hasta alcanzar otro máximo en 1998, descendió abruptamente durante la Crisis de los Cinco Años y se recuperó a partir de ése momento hasta sobrepasar todos los máximos históricos conocidos en lo que se ha dado por llamar, con toda razón, La Resurrección.

Los datos los saqué de aquí, es PIB per cápita en PPP, según una metodología que se llama Geary-Khamis que se usa para hacer comparaciones internacionales. Como los datos llegaban solamente hasta el 2005, "inventé" el 2006 y el 2007 suponiendo una tasa de crecimiento del 6% anual, lo que es un cálculo bastante conservador.

El resultado de tantas idas y venidas es un empeoramiento continuo en la distribución del ingreso, lo que en castellano básico quiere decir que los ricos argentinos son en el año 2007 muchísimo más ricos que en 1974 mientras que los pobres quién sabe. Sería interesante saber si el 10% más pobre de argentina es hoy más o menos pobre que en 1974. Es seguro que lo son en términos relativos, pero en términos absolutos habría que mirar mejor las estadísticas.

De todas formas, como digo siempre, el crecimiento solo no alcanza. Para que el bienestar llegue a todos, hay que quitarle volatilidad al crecimiento y hacer políticas distributivas.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Pactar para el futuro

Cuando en 1977, los españoles hicieron sus Pactos de la Moncloa, la situación en España era en algunos sentidos mejor y en otros peor que la argentina 30 años después.

Mejores eran, seguramente, el nivel y la distribución del ingreso, y también el nivel de pobreza. Posiblemente, también el mercado de trabajo estuviera en mejores condiciones que el argentino, pese a que el desempleo era más alto y que el mercado de trabajo español nunca fue como para andar festejando. Argentina tiene justo ahora una tasa de desempleo relativamente baja, pero una proporción demasiado alta de la población en edad de trabajar que ni siquiera participa y un mercado de trabajo segmentado que deja desprotegida a mucha gente.

Peor era el caso de los balances fiscales y externos y, si hacemos caso a las estadísticas oficiales, la inflación. Estas diferencias, sin embargo, penden de un hilo. El equilibrio de los balances -los alabados, y con razón, superávit gemelos- es bastante frágil y puede en Argentina cambiar de signo en poco tiempo si se mantiene el status quo. Con respecto a la inflación, si las estadísticas oficiales no son ciertas y las estimaciones oficiosas sí lo son, anda más o menos por lo mismo.

El caso es que el proceso de desarrollo económico de España, que comenzó a principios de los sesenta, era el típico proceso de stop and go. Períodos de crecimiento acelerado que hacían crisis por el lado externo y por el lado de la inflación. Una devaluación o dos para mejorar el equilibrio del sector externo y la competitividad, a los que después de un tiempo más o menos prudencial se terminaba comiendo la inflación. Se reconoce esto ¿no?

El modelo se sostenía por tres cosas, la inversión externa, las remesas de los emigrantes españoles a los países centrales de Europa y los ingresos por turismo. Todo se apoyaba en el nivel relativamente bajo de los salarios españoles en relación a la capacitación de su mano de obra y el boom de toda la economía europea en los '60. Con las crisis del petróleo del '73 y el '79 aparecen los problemas, las inversiones extranjeras caen por la crisis y porque las ventajas comparativas españolas ya no son tan pronunciadas, los emigrantes vuelven o dejan de mandar plata, el turismo se enfría. Todo empeorado encima porque en la primera crisis los gobiernos siguieron la política del avestruz y subsidiaron el consumo de petróleo en lugar de sincerar los precios.

¿Resultado? La estanflación del '77. Alta inflación y desempleo. Nada raro por esos años, por otra parte, y un fenómeno que los argentinos conocemos bastante bien, también.

La solución fueron los Pactos de la Moncloa. Los Pactos no solucionaron todo, no, pero a partir de ese momento se instauró en la sociedad española un nuevo sistema de negociación entre los sectores que permitió salir del círculo vicioso de la puja distributiva. Y además de unas políticas monetaria y fiscal responsables, incluía una reforma tributaria que consiguió que los españoles empezaran a pagar impuestos.

El caballito de batalla de la nueva presidente durante la campaña electoral fue el Pacto Social, y reconozco que algo así suena a música en mis oídos. Desde que leí por primera vez sobre los Pactos de la Moncloa hace más de quince años que me vengo diciendo que algo así habría que hacer en Argentina. Pero cuando se leen por aquí y por allá diferentes interpretaciones de lo que se define como Pacto Social a uno se le va el alma a los pies. Que los sindicalistas pidan aumentos del 30% y sin prometer que van a respetar los acuerdos, que los empresarios no estén dispuestos a ceder nada y que el gobierno manipule o esconda la inflación no son las mejores perspectivas para pactar nada.

Un verdadero Pacto Social incluye acuerdos de mediano plazo que se respeten y que estén basados en información confiable, implica que todas las partes están dispuestas a ceder en algo, implica descubrir nuevas dimensiones en las negociaciones que permitan salir del simple enfoque en precios y salarios y, sobre todo, implica encontrar nuevas alternativas que permitan ingresar en el mercado de trabajo formal y con seguridad social a todos los excluidos.

Y además, requiere un Pacto Fiscal, una reforma tributaria en serio que aumente el peso en la recaudación de los impuestos progresivos a los ingresos de las personas, que universalice el pago de impuestos directos, que limpie y ordene el sistema simplificando impuestos y exenciones y que, en general, lo haga más eficiente.

Al Pacto Social hay que darle contenido. Es demasiado importante para que sólo sean palabras útiles en una campaña electoral.

jueves, 25 de octubre de 2007

El bienestar de los excluídos

Cansarnoso nos pregunta ¿pero es que el Estado de Bienestar alguna vez existió? Y sí, claro que existe, y en unos cuantos lugares está bastante bien organizado. Pero lo que me parece que él se pregunta es si alguna vez existió en la Argentina. Y la respuesta también es sí, alguna vez existió. Nuestro sufrido paisito supo tener, en su momento, una construcción de este tipo, de la que hoy apenas quedan retazos. Fue uno bastante limitado y quedó bastante reducido en los '90, por lo que resulta interesante echarle una mirada a cómo se construyó el Estado de Bienestar Argentino.

Como vimos en un post bastante lejano, existen varios modelos de Estado de Bienestar, algunos mejores que otros. Las dos características con las que uno los evalúa son, como nos gusta a los economistas, la eficiencia y la equidad. Con el envejecimiento de la población algunos modelos han hecho crisis y en muchos casos fue necesario recrearlo. En los últimos años hay una infinidad de estudios al respecto pero uno fácil y lindo es éste.

El modelo que eligió la Argentina en su momento, o el que le tocó por desgracia, fue uno de los peores. El Estado de Bienestar argentino se construyó principalmente durante los dos primeros gobiernos peronistas y se consolidó en los años ’60 sobre una base principalmente corporativista, que implica que el acceso a los beneficios se da a través del mercado de trabajo. Así, sólo los que trabajaban tenían derecho a jubilarse, a obras sociales, vacaciones pagas y toda la parafernalia de beneficios sociales. El resto quedaba excluído, aunque el sistema también presentaba características universalistas, sobre todo en educación y salud, y asistencialistas, lo que se ve en distintas formas de asistencia directa en caso de pobreza extrema.

A principio de los '70, la construcción daba toda la impresión de ser un éxito, porque una gran parte de la población participaba en el mercado de trabajo, aunque no sé si sería un espejismo de clase media. En todo caso, la sucesión de malos gobiernos y el descalabro de las finanzas públicas consiguiente hicieron que el sistema se hiciera cada vez menos sostenible. Podríamos agregar, además, que a los problemas típicos de un sistema corporativista tales como la exclusión y la rigidez y la dificultad para hacer reformas, se le sumaba una de las características que lo definió en sus orígenes y que por desgracia aún perdura: el clientelismo político, lo que le resta apoyo político de los demás sectores de la sociedad e impide su desarrollo.

Es bastante probable que si el país no hubiera pasado por todas las rupturas institucionales por las que pasó, el sistema hubiera evolucionado hacia un modelo más universalista e inclusivo, pero es difícil saberlo. En todo caso, a partir de los ’90 se produce un proceso de desmantelamiento del sector social que es un caso de escuela a nivel mundial. Este proceso de desmantelamiento se dio tanto en forma directa, por ejemplo con el sistema de pensiones privadas, como indirecta, a través de reducciones en el gasto social en educación y salud. Las consecuencias de esas reducciones se hicieron claras durante los peores años de la crisis, cuando vimos casos de desnutrición y mortalidad infantil que jamás nos hubiéramos imaginado posibles en lo que alguna vez fue “el granero del mundo”.

Creo que queda así bastante claro que el Estado de Bienestar en Argentina es uno bastante poco exitoso, ya que lo que lo caracteriza es la exclusión de una parte demasiado importante -cada vez más importante, con la precarización del empleo que se dió en las últimas décadas- de la población del país. Encima, la distribución del ingreso en Argentina es una de las veinte peores del mundo según el Informe de Desarrollo Humano (IDH) de Naciones Unidas. Demasiado injusta para permitir el crecimiento sostenido, así que también es claro que este es el tema a resolver en los próximos años para que alguna vez las cosas cambien.

Por otra parte, si bien es cierto que la fuerte recuperación del empleo en los últimos años ha mejorado significativamente la situación con respecto a principios de la década, también es cierto que todavía queda una enorme población de excluídos a los que la misma construcción del sistema no permite incluir. Los señores sindicalistas están demasiado ocupados defendiendo sus privilegios y el partido con el que más se identificaron siempre demasiado interesado en dejarlos contentos como para preocuparse por los que quedan afuera.

Para que el desarrollo sea posible, Argentina necesita un Estado de Bienestar eficiente y moderno, con un sistema de incentivos bien diseñado para que nadie sienta que los aportes son desperdiciados en prebendas con fines electoralistas. Sabiendo lo que sabemos hoy, el sistema podría diseñarse eligiendo con cuidado las mejores características de cada modelo.

Dos son las claves para que salga bien. Una es trabajar en la proverbial incapacidad de los argentinos para construir consensos, un pacto social que sea más que palabras vacías y que incluya, realmente. La otra, importantísima, seguir políticas macroeconómicas responsables que disminuyan la volatilidad del crecimiento. Sin crecimiento no es posible, pero el crecimiento solo no alcanza.

A mí siempre me gusta decir que el Estado de Bienestar escandinavo es como el Ave Fénix. Sería lindo que el argentino también consiguiera renacer de sus propias cenizas. Pero con otro plumaje, en lo posible.

Por último, y por si a alguien le interesa, de este blog no salen dos votos al mismo candidato, creo. Pero en el cuarto oscuro pasan las cosas más raras, así que quién sabe...

viernes, 12 de octubre de 2007

Aclarando...

Distribuir no es populista. Lo que es populista es distribuir con inflación, déficit fiscal, déficit en la cuenta corriente y endeudándose cada vez más.

jueves, 16 de agosto de 2007

Privilegiados del mundo...

... disfrutadlo. En este lugar, se puede calcular en qué lugar de la distribución del ingreso global se encuentra uno mismo. La explicación del cálculo está acá. Y la razón por la que lo hacen acá. Sería lindo que existiera uno igual para la Argentina, para que los sindicalistas se ubicaran y algún que otro descontento se contentara.