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miércoles, 21 de octubre de 2009

¿Qué quiere decir universal?

En las discusiones sobre modelos de bienestar, el concepto de universalidad es clave para entender de qué se trata. Pero hoy ví al Escriba y a MEC un poco confundidos al respecto.

¿Cómo se define la universalidad, entonces?

Veamos. Hay definiciones más laxas y otras más estrictas y vamos a ir de las primeras a las segundas.

La primera definición nos dice que las mismas reglas rigen para todos. La idea es que tanto los subsidios como las prestaciones se asignen de acuerdo a reglas objetivas estipuladas de antemano que establecen derechos y obligaciones, y no de forma discrecional. En los países avanzados esto es siempre así y este criterio se cumple en cualquiera de los tres modelos. En países como Argentina la discrecionalidad es muy fuerte y sería un gran avance eso de universalizar reglas.

Un poquito más estricto es el criterio que dice que los derechos sociales se adquieren por ciudadanía y no por haber contribuido al sistema. Los sistemas sociales basados en contribuciones incluyen solamente a una parte de la población y excluyen al resto. Además se financian con contribuciones sociales, mientras que los sistemas universales se financian con impuestos generales. Este criterio se cumple tanto en el modelo universal como en el residual pero no en el conservador.

Un tercer criterio es el que dice que los subsidios y prestaciones no deben depender del nivel de ingresos o fortuna. Este es el criterio que separa al modelo universal del modelo residual. Si las prestaciones sociales están condicionadas al nivel de ingreso o riqueza del que las recibe, la universalidad no se cumple.

Afinando la puntería e imponiendo otro criterio aún más restrictivo, la universalidad supone prestaciones iguales para todos, lo que se conoce como prestaciones flat-rate. Pero acá hay que diferenciar algunas cosas. Si la prestación básica es muy baja, el modelo tiende más hacia lo residual. Para hablar de universalidad, las prestaciones tienen que tener un cierto nivel que la clase media considere adecuado.

Los mejores ejemplos de flat-rate se ven más en servicios (salud, educación) que en transferencias (jubilaciones, subsidios a la infancia) y el caso argentino sirve muy bien como ilustración. Cuando las escuelas y los hospitales públicos tenían un nivel aceptable, todo el mundo los usaba y estaba bastante satisfecho con los servicios que recibía. Hoy, el nivel ha decaído tanto que sólo los usan los más pobres, a los que no les queda otra, mientras que los que tienen un nivel de ingreso que se lo permite mandan a sus hijos a escuelas privadas y aseguran su salud a través de la medicina prepaga. El sistema deja de ser universal y se transforma en residual.

En resumen, que condicionen la prestación a la infancia a que los chicos estén vacunados y vayan a la escuela no afecta para nada a la universalidad. Lo que sí la desvirtúa es dar una prestación muy baja (los 135 pesos), diferenciar entre los que están en el mercado de trabajo formal y los que no y darle menos plata a los hijos de los excluidos que a los hijos de los que tienen empleos protegidos.

Por último, para que la discusión sea seria, volvamos a leer a Lo Vuolo (Documento de Trabajo N° 70) que debe ser el argentino que más energía le ha dedicado al tema del subsidio universal para los chicos.

lunes, 9 de febrero de 2009

Batido de impuestos

To churn, en inglés, es batir la leche para que se convierta en manteca. Del proceso salen en realidad dos productos, la manteca y una especie de yogur líquido y muy livianobuttermilk, kærnemælk, lait battu, buttermilch, karnemelk – que no tiene nada nada de grasa pero sí un montón de calcio, potasio, vitamina B12 y grandes dosis de lactobacillus acidophilus, por lo que es altamente recomendable para las señoras de mi edad, que al estar condenadas por razones genéticas a llegar a los 100 años deberían conseguir hacerlo en un estado relativamente bueno de salud.

En el mundo de la economía y de los impuestos se usa el verbo en la expresión tax-churn o tax churning y yo no sé como se dice eso en castellano, así que lo paso a explicar. El tax churning existe cuando la gente paga impuestos y recibe beneficios al mismo tiempo, por lo que éstos se anulan mutuamente o, por lo menos, se netean bastante. Lo que te quitan por un lado, te lo dan por el otro. Por ejemplo, una familia con hijos que paga sus impuestos al mismo tiempo que recibe subsidios por hijo, subsidios para pagar la guardería y servicios de salud pública gratuitos muestra el fenómeno en todo su esplendor.

A esa forma del fenómeno se la denomina "simultánea". Hay otra forma, la del "ciclo de vida", donde los impuestos que pagamos a lo largo de nuestra vida laboral sirven para pagar la educación que recibimos mientras éramos chicos o jóvenes o las jubilaciones o los servicios de cuidados que recibiremos de viejos.

El tax-churning es más intenso cuanto mayor es el rol y el tamaño del Estado de Bienestar en la economía y por eso no es ninguna sorpresa que algunos cálculos (OECD, ver página 163) muestren que como porcentaje del ingreso antes de impuestos y transferencias es muy alto en Suecia, Dinamarca, Holanda o Bélgica. En esos países la presión tributaria es alta, pero también es muy alto el nivel de gasto social y muchos beneficios sociales son para los mismos que pagan los impuestos.

Hay mucha gente a la que eso de batir impuestos no le gusta para nada. ¿Por qué no dejar a esa familia tranquila, bajarle los impuestos y que con ese ingreso extra ellos mismos se paguen las guarderías, los hospitales, las escuelas, o lo que sea, en el mercado privado?

Por alguna extraña razón, el debate más intenso sobre el churning se da en Australia, donde comparado con lo que pasa en las Europas es casi insignificante. Vaya a saber cuál será la causa, pero es interesantísimo seguir el debate y leer argumentos a favor y en contra.

Entre los argumentos en contra hay un par de clásicos. Una de las ideas es que como los impuestos distorsionan la estructura de incentivos y reducen las ganas de trabajar o producir más, disminuyen la eficiencia de la economía. Por eso, dicen, hay que tratar por todos modos de mantener la presión tributaria en el mínimo posible. Además, dicen que mantener una estructura de impuestos y beneficios – donde además de administrar el cobro de impuestos y el pago de beneficios hay que tener un sistema de control para que la gente no evada o haga trampa para cobrar de más – tiene costos de administración que son dinero tirado a la basura.

Pero hay otros que tienen que ver con la misma concepción del Estado de Bienestar. Para los denostadores del churning, el Estado de Bienestar es una construcción poco inteligente que sirve para quitarle a la gente su iniciativa, que deja que confíen demasiado en el rol del Estado, que los confina a una vida de mendigar limosnas y no animarse a arreglárselas por ellos mismos y que hasta tiene un efecto destructivo sobre la sociedad civil. Los actores sociales y las familias se desprenden de sus responsabilidades o las delegan en manos del Estado y el resultado es, paradójicamente, menos cohesión social, ya que se destruiría, de esta forma, la tercera pata de una sociedad inclusiva.

Los argumentos a favor dicen que no queda para nada claro que la administración privada de la protección social y los servicios sociales sea más eficiente que la estatal. En los países con un Estado de Bienestar bien organizado, los fondos de jubilación privados, los sistemas de medicina prepagos, las escuelas privadas no se administran necesariamente más barato ni terminan ofreciendo un mejor servicio que los públicos. En muchos casos, además, la oferta privada es insuficiente, como en el caso de la salud, el cuidado de nenes y de viejos, o termina siendo subsidiada por el estado, como las escuelas privadas.

Pero, sobre todo, el churning se usa para redistribuir el ingreso. En un Estado de Bienestar de los que a mí me gustan, cumple dos funciones. En su expresión simultánea distribuye dentro de las generaciones, de los ricos a los pobres, de los empleados a los desempleados, de los sanos a los enfermos, de las familias sin hijos a las familias con hijos. En su expresión del ciclo de vida, distribuye entre las generaciones, de la gente en edad de trabajar a los nenes y los viejos. No es solamente distribuir de los ricos a los pobres, sino distribuir el ingreso a lo largo de la vida para no morirse de hambre cuando uno no puede trabajar y repartir los riesgos inherentes a la vida entre todos los miembros de la sociedad. Por eso, en un Estado de Bienestar con todas las de la ley no alcanza con distribuir desde el decil más alto hacia el más bajo sin pasar por la clase media; hay que repartir del 90% más rico al 90% más pobre. Es ahí cuando se alcanzan todos los beneficios del Estado de Bienestar. Y el churning es una consecuencia lógica de eso.

Hay un último argumento – pero no el menos importante – a favor de que paguemos impuestos y recibamos beneficios al mismo tiempo, y tiene que ver con la economía política. Una sociedad donde todos tienen la mano metida en la lata, pero donde también todos contribuyen a llenarla, consigue que el modelo sea políticamente estable. Los ricos tienen sus óperas, la clase media su seguro de desempleo y sus jardines de infantes, los pobres no son tan pobres y tienen mejores oportunidades para dejar de serlo. Parafraseando ya saben a quién, cada uno contribuye de acuerdo a sus posibilidades y recibe de acuerdo a sus necesidades.

A mí, personalmente, me encanta que se batan los impuestos. Sale un producto rico y otro saludable. Eficiencia y equidad. O equidad y eficiencia, quién sabe.

jueves, 30 de octubre de 2008

Perogrulladas

Todos tenemos nuestras obsesiones y una de las mías es la distribución del ingreso. Una de las historias que siempre nos contaron es que primero había que ser eficiente y crecer, y recién ahí ocuparse de las cuestiones de equidad. En cambio, yo llevo años convencida de que hay muchos países que no crecen, como Argentina, por ejemplo, por culpa de una mala distribución del ingreso y demasiados pobres. Con un ingreso mejor distribuído y muchos pobres subiendo en la escala del ingreso, la demanda interna tendría tal envión que sería la mejor locomotora para crecer.

Pero este post es sólo una continuación de los de ayer, para ver si con un poco más de dibujitos conseguimos impresionar un poco a los escépticos.

Los datos siguen siendo los de las Europas. Eurostat tiene una base sobre condiciones de vida y de ingreso y otra sobre protección social que son una de las razones por las que yo quiero que Argentina entre a la UE. Aplicar los standards de Eurostat al Indec sería un sueño (¿O no, Siri?). Aunque tendría que negociarse; lo que se hacía en el Indec antes de que lo atacara la peste era tan bueno que merecería integrarse. Por ejemplo, la frecuencia con la que se calculaban los índices de Gini o ese índice mensual de actividad económica que me parece maravilloso, cuando dice la verdad.

Entonces, primer gráfico. Muestra la tasa de riesgo de pobreza para los 27 países de la Unión antes y después de las transferencias sociales. La tasa de pobreza está definida, como antes, en el porcentaje de población con un ingreso inferior al 60% de la mediana de la población. El indicador también existe para ingresos inferiores al 40%, al 50% y al 70% y para varios grupos de edad, chicos, adultos, viejos, lo que se te ocurra. Aquí es para toda la población.



Como vemos en la figura, la tasa de pobreza baja bastante gracias a las transferencias sociales, aunque en algunos países más que en otros. En el gráfico, los países estan ordenados según el tamaño de la caída, así que vemos que los países donde más cae son Noruega, Suecia y Dinamarca y los países que casi no consiguen que baje son Grecia, Bulgaria e Italia. La explicación más plausible es el tamaño de esas transferencias, al que aproximamos por el gasto en protección social, como hicimos ayer y lo ponemos todo en un gráfico como el que sigue.



¿Qué se ve en la figura? De vuelta, esta vez es tan obvio que casi da vergüenza tener que repetirlo: A más gasto social, una caída más fuerte en la pobreza. Pero veamos, la correspondencia no es exacta, ni mucho menos.

Si miramos el gráfico con atención, vemos que Noruega y Grecia, por ejemplo gastan casi lo mismo. Sin embargo, el gasto social noruego consigue bajar la pobreza 19 puntos mientras que el griego sólo lo baja 2. Y ahora, los países por encima de la línea parecen ser los más eficientes en mejorar el indicador de pobreza, mientras que los que están por debajo parecen estar usando la plata no del todo bien. En todo caso, lo que se puede intuir es que hay otros factores además del gasto social que sirven para mejorar los indicadores sociales, pero que ayuda, ayuda.

Conclusión: el gasto social sirve para bajar la pobreza, pero para que sea efectivo tenés que saber dónde gastar y cómo.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Más Europa Social

Y ya que estamos, uno de protección social vs. riesgo de pobreza. La medida habitual en las Europas es la pobreza relativa y acá es la gente con un ingreso disponible después de transferencias sociales inferior al 60% de la mediana del ingreso.

Resultado medio trivial pero no del todo obvio, a más protección social, menos pobres.

Ejercicio para el futuro: ver qué pasa con Bélgica, Francia, Austria, Alemania, Dinamarca y Suecia, the big spenders, durante y después de la crisis.

La Europa social

Sin mucho tiempo para postear dejo un cuadrito sobre protección social y jubilaciones en las Europas.


Mucho privado no hay por estos lares, aunque hasta ahora iba en aumento.

sábado, 25 de octubre de 2008

Jubilaciones para siempre

Mientras El del 0.33% nos analizaba el perfil de la deuda y otros aspectos financieros de la futura reforma y Mafalda nos hacía el análisis global, yo me dedicaba a pensar en todas esas cuestiones de justicia, equidad, largo plazo, bienestar y otras tonterías por el estilo que siempre me ocupan y preocupan.

La idea con un sistema de pensiones es que la gente tenga un ingreso asegurado cuando ya no está en condiciones de trabajar para ganárselo por su cuenta. Como vimos por acá, eso se puede hacer de forma colectiva o individual y en esa elección se muestra en todo su esplendor el espíritu solidario o insolidario de la sociedad.

Si coincidimos en que sería justo y solidario que todos los ancianos del país tuvieran asegurado un ingreso durante su vejez que les permitiera satisfacer sus necesidades básicas, tenemos que coincidir en que el sistema de jubilaciones argentino es un desastre. Es terriblemente regresivo, hay un grupo muy chico que cobra buenas jubilaciones, otro grupo muy grande que cobra pensiones que no alcanzan para nada y un último grupo que directamente no cobra nada. Si se pudiera calcular el índice de Gini para los mayores de 65 años, el resultado sería aún más desalentador que para el de la población en general. Si, como se hace en las Europas, se calculara el riesgo de pobreza de los viejos, estoy segura que daría bastante más alto que para el resto de la población.

Por eso es que es necesario reformar el sistema previsional. Yo casi diría que es necesario recrearlo, inventarlo de nuevo, imaginarlo todo por completo, pero claro, sin vulnerar los derechos adquiridos de los jubilados del presente, ni de los que ya llevan unos cuantos años en el sistema y están próximos a jubilarse. Como siempre, nos enfrentamos con unas restricciones muy fuertes porque, si vamos a la raíz del asunto, el problema en todo esto es que Argentina tiene unas finanzas públicas que son para dar lástima, lo que se refleja en su sistema de seguridad social, también para llorar. Y las finanzas públicas dan lástima porque los ingresos tributarios son muy bajos y la estructura del sistema tributario, horrible, como ya nos aburrimos de decir en este blog.

Un sistema de pensiones ideal sería una combinación de varias cosas. En primer lugar habría una parte, a la que podríamos llamar jubilación universal, que se pagaría a todos los mayores de cierta edad, supongamos 65 años, solamente por el hecho de ser mayores de 65 años. Esa parte debería financiarse con impuestos generales, ya que ese gasto dependería nada más que de la estructura poblacional y no de la estructura del mercado de trabajo. Es decir, una parte del Fondo de Pensiones se financiaría con impuestos generales.

Pero una jubilación de ese tipo equipararía al que no trabajó nunca con el que trabajó toda su vida, por lo que no es del todo justa tampoco. Entonces, es necesario que el sistema tenga una segunda parte, financiada, esta vez, con contribuciones directas al Fondo de Pensiones, que serviría para que los jubilados pudieran mantener un nivel de vida acorde a su pasado laboral. Esta porción tendría un fuerte componente actuarial con una conexión muy estrecha entre años trabajados y nivel de salarios durante la vida laboral, y posiblemente se podría organizar como una mezcla de capitalización y reparto. Desde mi punto de vista, ese Fondo de Pensiones tendría que ser único, manejado por el Estado, pero muy independiente de los vaivenes de la política. Nada de interferencias de los sindicatos, como ya anduvo insinuando Moyano, que sólo servirían para hacer al sistema menos justo, ni de usar al fondo de pensiones para financiar gasto corriente, ya que esto lo haría menos sostenible.

Por último, podría haber una tercera parte optativa para la gente de ingresos altos pero inconstantes, como los jugadores de fútbol o de tenis, o para cualquiera que así lo quisiera, que podrían comprarse una especie de seguro de vejez en instituciones financieras privadas tales como las AFJPs.

Lo que es bastante claro, entonces, es que para hacer una reforma previsional es imprescindible hacer una reforma tributaria al mismo tiempo. Pero, como de costumbre en nuestro querido país, los gobiernos dejan lo importante por lo urgente y se inventan soluciones mágicas y tiradas de los pelos, en lugar de pensarse bien las cosas, tener una idea de la sociedad a la que se quiere llegar y planear un poco cómo se llega a esa sociedad.

Si la idea es hacer una sociedad solidaria, hay que pensar a quién se asiste, cómo se los asiste y cómo se financia la asistencia. Y todo eso implica decisiones de política muy fuertes que no se hacen de la noche a la mañana y se discuten entre todos, los partidos políticos, los trabajadores, los empresarios, las organizaciones sociales y los jubilados de ahora y de mañana.

Y eso es algo que tendría que ser obvio para cualquier presidente con ambiciones de construir esa sociedad con la que soñamos todos. No hay forma de construir nada si la gente no te cree.

domingo, 19 de octubre de 2008

Los consejos de Musgrave

Musgrave no postea pero nos manda a releer a Leijonhufvud. Tiene razón. Entre las ideas que recolectamos esta vez, hay un cuestionamiento a la independencia del Banco Central, a la que, como es ampliamente sabido, esta señora es adepta. De vuelta, creemos captar un leve malentendido sobre lo que significa independencia en relación a democracia.

En momentos graves como este, dice Leijonhufvud, las soluciones de política monetaria implican elegir quién pierde y quién gana, elegir entre producir inflación o deflación, elegir beneficiar a los deudores o a los acreedores y, por eso, en un país democrático no se puede dejar ese tipo de elecciones a técnicos no electos.

Pero no olvidemos que, como dijimos acá, el Banco Central independiente no hace lo que quiere, hace lo que le dicen los políticos. Y la solución pasa por reforzar y hacer efectivos los mecanismos de rendición de cuentas del Banco a los políticos electos y no por convertir al BC en una dependencia del PE.

Después de tales consejos, solo nos queda llamar al banquero precavido a los gritos.

¡Musvolvé Apostear!

miércoles, 7 de mayo de 2008

Second best

Yo estaba escribiendo un post sobre cómo funciona el mejor mercado de trabajo del mundo para ver si se podía sacar alguna idea para mejorar el horrible mercado de trabajo argentino y me quedé por la mitad. Por suerte, ya lo hizo Dani Rodrik citando un artículo de un señor que se llama Robert Kuttner.

Traduzco el resumen del artículo de Kuttner porque es demasiado lindo.

"Dinamarca ha forjado un modelo económico y social que reúne lo mejor del libre mercado con lo mejor del estado del bienestar, trascendiendo los trade-offs entre dinamismo y seguridad y entre eficiencia y equidad. Posiblemente otros países no sean capaces de copiar así como así el modelo socialdemócrata danés, pero éste, sin embargo, ofrece importantes lecciones para los gobiernos que se enfrentan a los dilemas de la globalización."

Y, por ahí, uno de los dos dice: "Las ideas danesas son demasiado buenas para ignorarlas".

Demás está decir que el first best es el sueño de mi vida: la Argentina funcionando como Dinamarca. Puro nacionalismo lo mío.

lunes, 25 de febrero de 2008

Modelos para armar

El Eurobarómetro es un sistema permanente de análisis de la opinión pública europea que existe desde hace más de 30 años y que en primer lugar analiza la opinión de los europeos con respecto a la construcción de la Unión Europea, pero que además, de vez en cuando, hace análisis específicos sobre algún otro tema de los que salen los estudios más interesantes. La idea es no sólo saber por dónde anda la opinión pública europea, sino también que los europeos se enteren qué piensan los ciudadanos de los otros países sobre un mismo tema.

El caso es que me encontré con un estudio precioso sobre la realidad social europea que se publicó hace ya un año y que tiene, al final de todo, dos preguntas buenísimas. En una le preguntan a los europeos cómo reformarían el sistema de pensiones para garantizar su financiamiento. En la otra, la que más me gustó a mí, qué piensan sobre el Estado de Bienestar de su propio país.

En realidad, las preguntas sobre el Estado de Bienestar son tres: la primera les pregunta si piensan que el Estado de Bienestar ofrece una cobertura suficientemente amplia, la segunda, si piensan que es demasiado caro, la tercera, si piensan que se podría usar como modelo en otros países. En general, los europeos están bastante satisfechos con el sistema. Un 51% de los encuestados responde que la cobertura es suficiente y un 42% que se podría exportar a otros países. Pero también les parece caro; esa es la respuesta del 53% de todos los europeos.

De todas formas, como las diferencias entre los países son muy significativas y cómo quizás las percepciones no se correspondan del todo con la realidad, se me ocurrió cruzar los datos de la encuesta con tres indicadores duros: El PIB per cápita en PPS y el índice de Gini como medidas de bienestar y la carga tributaria como medida de lo que cuesta.

Cruzando todo, me encuentro con cosas bastante esperables y otras no tan esperables.

En primer lugar, algunas obviedades. Una es que la presión tributaria es más alta en los países de mayores ingresos, lo que resulta en una mayor satisfacción con el Estado de Bienestar. Otra, que en los países con los índices de Gini más bajos hay más gente que está satisfecha con el nivel de cobertura. Hay algunos casos raros, como el de Bulgaria, uno de los dos países más pobres de Europa, que según sus habitantes tiene un grado de cobertura muy bajo, pero al mismo tiempo presenta un Gini muy bajo. Del otro lado, el Reino Unido, con un Gini relativamente alto y unos ciudadanos bastante satisfechos. En general, se ve que los países más ricos son los que tienen el mejor Estado de Bienestar ¿será un lujo que sólo se pueden dar los ricos?

Lo divertido empieza cuando uno compara la presión tributaria con la percepción de los que pagan impuestos y encuentra que no hay la más mínima correlación, como se ve en el gráfico que sigue.


Unos pagan mucho y les parece barato, otros pagan poco y les parece caro; en otros casos, la percepción se corresponde más o menos con la realidad.

Parecería que la explicación está en lo convencidos que están de que las cosas funcionan bien, porque cruzando la percepción de caro con la de si el modelo de bienestar les parece exportable nos encontramos con esto:


Un grupo de países ricos y bien organizados, entre los que están Finlandia, Dinamarca, Suecia, Holanda, Luxemburgo y Austria, a los que les parece que su Estado de Bienestar podría servir como modelo para otros países y no les resulta caro. Dos países ricos, la France y la Belgique, donde los ciudadanos están orgullosos de su modelo, pero sin embargo piensan que es demasiado caro. Un grupo de países donde la gente no está para nada orgullosa del modelo y encima les parece caro, entre los que encontramos a Grecia, Polonia y Hungría, pero también a Portugal. Y, por último, a los pobrecitos de Europa, Bulgaria, Rumania, Estonia y Chipre, donde el modelo no les resulta demasiado útil ni exportable, pero por lo menos no les sale caro. Estonia y Chipre, por ejemplo, tiene un mejor pasar que Polonia. Quizás hasta pagarían más impuestos para mejorar su Estado de Bienestar.

Yo quisiera saber dónde se ubicaría Argentina en todo esto. Artemio, ¿no me hace una encuestita parecida?

jueves, 20 de diciembre de 2007

Una gran noticia

Aunque a mí me llegó medio atrasada. La OECD acaba de publicar por primera vez en su historia las Perspectivas Económicas para América Latina, un informe que lleva el más que atractivo nombre de LEO 2008 y fue presentado con bombos y platillos bien merecidos en Santiago de Chile el 7 de noviembre y en Washington el 6 de diciembre. El informe está dedicado a cuatro temas principales: política fiscal, fondos de pensiones y desarrollo del sector financiero, inversión extranjera y telecomunicaciones y, por último, la creciente relación comercial con China e India.

La introducción de Angel Gurría nos dice que las perspectivas para el continente son positivas ya que los beneficios de la globalización también se han hecho notar en América Latina, pero los desafíos siguen siendo importantes, lo que no es ninguna novedad. El crecimiento ha sido más bajo que en otras regiones y todavía no es ni sostenido ni sostenible, además de que es la región con más inequidad del mundo y el número de pobres –casi 40% de la población, más de 200 millones de personas– demasiado alto.

Aquí, como de costumbre, nos concentraremos en la parte fiscal, que es la que nos gusta tanto. El documento hace una analogía de lo más interesante entre buen gobierno y legitimidad en el terreno político y en el fiscal. Dice que así como los buenos gobiernos democráticos le dan legitimidad a la democracia al aumentar la confianza de la gente en este sistema de gobierno, las buenas prácticas fiscales, es decir el manejo serio y responsable de los ingresos fiscales y el gasto público, hacen que la gente confíe en el Estado como participante activo de la vida económica y se vea más incentivada para pagar impuestos.

Pero, desgraciadamente, la legitimidad fiscal no parece ser demasiado alta en América Latina. Según las encuestas, apenas un poco más del 20% de la población creía en el 2005 que los impuestos que pagaban se gastaban bien, aunque hay que reconocer que las cosas iban por buen camino: en el 2003 ese porcentaje era sólo del 15%. En Argentina, por ejemplo, se pasó de 17% en 2003 a 21% en 2005. Según la OECD, tamaña falta de confianza es porque los sistemas de impuestos y beneficios sociales latinoamericanos sirven menos para redistribuir el ingreso que en otros países de la OECD y así pierden credibilidad.

La tabla siguiente ilustra lo poco redistributivos que son los sistemas fiscales latinoamericanos.



Vemos que el índice de inequidad baja apenas 2 puntos en América Latina después del pago de impuestos y transferencias, mientras que baja casi 15 puntos en Europa. En conclusión, en la región no hay distribución del ingreso a través del Estado. Para empeorar las cosas, hasta los sistemas de seguridad social son regresivos; en los programas con más peso, los beneficios van hacia los más favorecidos y los programas más progresivos son pocos y con poco dinero.

Los consejos de la OECD para la región no son desconocidos para los que leen este blog: más gasto público, pero de mejor calidad y más justo, en educación, salud, infraestructura e innovación. Desde el punto de vista de los ingresos, recomiendan eliminar exenciones y así reducir el gasto impositivo porque las exenciones benefician más a los ricos que a los pobres y aumentar la proporción en los ingresos fiscales de los impuestos directos. Sólo aumentando la base impositiva y mejorando la calidad del gasto se obtendrá la famosa legitimidad fiscal que a su vez sirve para reforzar la legitimidad democrática.

Y parece que Chile ya va en camino de hacerse miembro ¿qué tal?

jueves, 25 de octubre de 2007

El bienestar de los excluídos

Cansarnoso nos pregunta ¿pero es que el Estado de Bienestar alguna vez existió? Y sí, claro que existe, y en unos cuantos lugares está bastante bien organizado. Pero lo que me parece que él se pregunta es si alguna vez existió en la Argentina. Y la respuesta también es sí, alguna vez existió. Nuestro sufrido paisito supo tener, en su momento, una construcción de este tipo, de la que hoy apenas quedan retazos. Fue uno bastante limitado y quedó bastante reducido en los '90, por lo que resulta interesante echarle una mirada a cómo se construyó el Estado de Bienestar Argentino.

Como vimos en un post bastante lejano, existen varios modelos de Estado de Bienestar, algunos mejores que otros. Las dos características con las que uno los evalúa son, como nos gusta a los economistas, la eficiencia y la equidad. Con el envejecimiento de la población algunos modelos han hecho crisis y en muchos casos fue necesario recrearlo. En los últimos años hay una infinidad de estudios al respecto pero uno fácil y lindo es éste.

El modelo que eligió la Argentina en su momento, o el que le tocó por desgracia, fue uno de los peores. El Estado de Bienestar argentino se construyó principalmente durante los dos primeros gobiernos peronistas y se consolidó en los años ’60 sobre una base principalmente corporativista, que implica que el acceso a los beneficios se da a través del mercado de trabajo. Así, sólo los que trabajaban tenían derecho a jubilarse, a obras sociales, vacaciones pagas y toda la parafernalia de beneficios sociales. El resto quedaba excluído, aunque el sistema también presentaba características universalistas, sobre todo en educación y salud, y asistencialistas, lo que se ve en distintas formas de asistencia directa en caso de pobreza extrema.

A principio de los '70, la construcción daba toda la impresión de ser un éxito, porque una gran parte de la población participaba en el mercado de trabajo, aunque no sé si sería un espejismo de clase media. En todo caso, la sucesión de malos gobiernos y el descalabro de las finanzas públicas consiguiente hicieron que el sistema se hiciera cada vez menos sostenible. Podríamos agregar, además, que a los problemas típicos de un sistema corporativista tales como la exclusión y la rigidez y la dificultad para hacer reformas, se le sumaba una de las características que lo definió en sus orígenes y que por desgracia aún perdura: el clientelismo político, lo que le resta apoyo político de los demás sectores de la sociedad e impide su desarrollo.

Es bastante probable que si el país no hubiera pasado por todas las rupturas institucionales por las que pasó, el sistema hubiera evolucionado hacia un modelo más universalista e inclusivo, pero es difícil saberlo. En todo caso, a partir de los ’90 se produce un proceso de desmantelamiento del sector social que es un caso de escuela a nivel mundial. Este proceso de desmantelamiento se dio tanto en forma directa, por ejemplo con el sistema de pensiones privadas, como indirecta, a través de reducciones en el gasto social en educación y salud. Las consecuencias de esas reducciones se hicieron claras durante los peores años de la crisis, cuando vimos casos de desnutrición y mortalidad infantil que jamás nos hubiéramos imaginado posibles en lo que alguna vez fue “el granero del mundo”.

Creo que queda así bastante claro que el Estado de Bienestar en Argentina es uno bastante poco exitoso, ya que lo que lo caracteriza es la exclusión de una parte demasiado importante -cada vez más importante, con la precarización del empleo que se dió en las últimas décadas- de la población del país. Encima, la distribución del ingreso en Argentina es una de las veinte peores del mundo según el Informe de Desarrollo Humano (IDH) de Naciones Unidas. Demasiado injusta para permitir el crecimiento sostenido, así que también es claro que este es el tema a resolver en los próximos años para que alguna vez las cosas cambien.

Por otra parte, si bien es cierto que la fuerte recuperación del empleo en los últimos años ha mejorado significativamente la situación con respecto a principios de la década, también es cierto que todavía queda una enorme población de excluídos a los que la misma construcción del sistema no permite incluir. Los señores sindicalistas están demasiado ocupados defendiendo sus privilegios y el partido con el que más se identificaron siempre demasiado interesado en dejarlos contentos como para preocuparse por los que quedan afuera.

Para que el desarrollo sea posible, Argentina necesita un Estado de Bienestar eficiente y moderno, con un sistema de incentivos bien diseñado para que nadie sienta que los aportes son desperdiciados en prebendas con fines electoralistas. Sabiendo lo que sabemos hoy, el sistema podría diseñarse eligiendo con cuidado las mejores características de cada modelo.

Dos son las claves para que salga bien. Una es trabajar en la proverbial incapacidad de los argentinos para construir consensos, un pacto social que sea más que palabras vacías y que incluya, realmente. La otra, importantísima, seguir políticas macroeconómicas responsables que disminuyan la volatilidad del crecimiento. Sin crecimiento no es posible, pero el crecimiento solo no alcanza.

A mí siempre me gusta decir que el Estado de Bienestar escandinavo es como el Ave Fénix. Sería lindo que el argentino también consiguiera renacer de sus propias cenizas. Pero con otro plumaje, en lo posible.

Por último, y por si a alguien le interesa, de este blog no salen dos votos al mismo candidato, creo. Pero en el cuarto oscuro pasan las cosas más raras, así que quién sabe...

domingo, 21 de octubre de 2007

Los incentivos en la vejez

A esta altura, ya todo el mundo sabe que el premio Nobel de este año se dio en la parte de la microeconomía más teórica que existe, pero justo dos días después yo descubrí una aplicación a las finanzas públicas que es un ejemplo precioso del diseño de mecanismos en todo su esplendor.

El caso es que Dinamarca lleva como tres o cuatro años en el medio de un boom económico que parece haber llegado a la cima más o menos por estos meses y que como uno de sus síntomas muestra una situación en el mercado de trabajo que no se ve desde hace 30 años; una tasa de empleo cercana al 78% y una de desempleo del 3,2%. Hay escasez de mano de obra en todos los sectores, especialmente en la construcción y en el sector público, donde faltan maestros, profesores, maestras jardineras, enfermeras, médicos, economistas, lo que a uno se le ocurra.

La falta de mano de obra no se va a hacer menor en los próximos años, las cohortes que nacieron a mediados de los ochenta son las más pequeñas de la historia y acaban de entrar en su prime age laboral. El resultado es que Dinamarca recibe recomendaciones de todos los organismos internacionales habidos y por haber para que hagan algo para aumentar la oferta de trabajo, lo que es bastante difícil para un país que ya tiene la tasa de actividad más alta de la UE.

¿De dónde sacar gente? Hay dos o tres grupos posibles, pero el más obvio de todos son los que tienen entre 62 y 67 años. En Dinamarca hay un sistema de jubilación anticipada que hace que uno se pueda jubilar a partir de los 60 años. El efecto de ese sistema hace que la tasa de participación caiga como 30 puntos porcentuales entre los 59 y los 62 años, sobre todo para las mujeres.

Las organizaciones internacionales que nombré antes no se cansan de recomendar que hay que desmantelar por completo el sistema de jubilación anticipada, pero hay que reconocer que en la misma Dinamarca el proyecto no tiene demasiado apoyo ni político, ni popular.

¿Qué hacer, entonces? El gobierno acaba de presentar una propuesta que ofrecería una ventaja impositiva a la gente mayor de 60 años que no se jubile, pero las críticas arrecian. ¿Cuán absurda puede ser una política que primero gasta plata jubilando a la gente por anticipado y después gasta todavía más plata ofreciéndoles una ventaja impositiva para que no se jubilen?

Y acá aparecieron los "sabios" del Consejo Económico, una institución que normalmente hace los mejores análisis de la economía danesa que existen.

Según ellos, no tiene sentido ofrecer una ventaja impositiva a la gente que de todas formas permanecería en el mercado de trabajo, aunque sí a la gente que se retiraría. Como no se sabe quién se retiraría y quién no –típico problema de información imperfecta- la idea es usar la información estadística disponible que dice que el grupo al que hay que estimular para que trabaje son los de 64 años para arriba. Ventajas impositivas para los de 64 años y más, entonces. Pero así nos perdemos a los más jóvenes (los de 61, 62 y 63 años), es la primera objeción que hizo mi marido mientras yo le contaba la propuesta. No, le dije, porque la idea es que la ventaja impositiva la obtenés a partir de los 64 años pero sólo si estuviste activo en el mercado de trabajo durante los tres años anteriores.

Y así, se gasta sólo plata en el grupo de más de 64 años, pero también se consigue que trabajen más todos los que abandonarían el mercado de trabajo a partir de los 61. Y eso no es otra cosa que diseñar un mecanismo de incentivos.

La idea también incluye detalles sobre los tiempos de implementación, con el fin de conseguir que la medida surta efecto lo más rápido posible. Al fin de cuentas el boom es ahora, el año que viene puede pasar cualquier cosa y los cuellos de botella en el mercado de trabajo quizás desaparezcan.

El sólo detalle en contra: algunas encuestas indican que a esta altura de su nivel de desarrollo, si a los daneses les dan a elegir, prefieren pagar más impuestos y trabajar menos, así que tanto diseño, tanto diseño, pero nos olvidamos de un detalle clave, las preferencias.

domingo, 5 de agosto de 2007

Los tres mundos del Primer Mundo

Gøsta Esping-Andersen es un profesor danés con nombre sueco que hasta donde yo sé daba clases en una universidad en Barcelona. Hace casi 20 años escribió un libro llamado The Three Worlds of Welfare Capitalism que hoy por hoy es citado por cuanto artículo, libro o tratado que se escriba sobre el Estado de Bienestar. Se dice que es el que más sabe sobre el tema en Europa, lo que considerando lo poco abundantes que son este tipo de construcciones en el resto del mundo no es poco decir.

En el libro, Esping-Andersen describe tres regímenes de Estado de Bienestar: el social-demócrata o universal, el conservador o corporativo y el liberal o residual. De más está decir que estos tres regímenes son tipos ideales y, definidos como están, no se encuentran en ningún país del mundo. Sin embargo, ejemplos cercanos son los países escandinavos del primero, Alemania o Bélgica del segundo y los Estados Unidos del tercero.

Según Esping-Andersen, la aparición del Estado de Bienestar dependió de la capacidad de la clase obrera de asociarse a otra clase social para asegurarse una parte en el bienestar económico de una sociedad capitalista. Así, se asocia primero a los campesinos y después a la clase media en los países escandinavos, consiguiendo un apoyo político generalizado al modelo de distribución. En las democracias continentales europeas intenta la misma alianza, pero aquí el resultado termina muy influenciado por los partidos demócrata-cristianos que le dan el tinte conservador. En los Estados Unidos, esta alianza de clases no se consigue y el resultado es un Estado de Bienestar minúsculo que sólo se ocupa de los más pobres y con el cual la clase media no se identifica para nada.

¿Cuáles son las principales características de los tres modelos?

En el primero, las prestaciones, sean éstas transferencias o servicios, tienen que ser de un nivel lo suficientemente alto para que sean aceptables para la clase media, son generalizadas o universales y no dependen del nivel de ingresos, sino de la pertenencia a la sociedad. Ejemplos de esto son las jubilaciones suecas, aunque supongo que ya las deben estar reformando, y el cuidado de infantes en Dinamarca. El ejemplo ideal de prestación universal sería el “salario ciudadano”, pero eso no existe en ningún lado, que yo sepa, aunque a lo mejor sería implementable en algún país árabe con excedente de renta petrolera y población joven. En este modelo, el Estado se ocupa casi como único oferente de actividades tales como la educación, la salud y el cuidado de los ancianos.

En el segundo, también son altas, pero dependen de la participación en el mercado de trabajo, por lo que termina habiendo una segmentación: los que están incluidos en el mercado de trabajo están cubiertos contra todo riesgo y con prestaciones bastante altas, los que no, reciben prestaciones básicas. Este es el caso de la salud en Alemania, donde los médicos venden dos servicios: uno, de mejor calidad, a los asegurados a través de los sindicatos, otro, un poco peor, a los que dependen de la salud pública. En este modelo los servicios no son de muy buena calidad y normalmente terminan en manos de las familias, de ahí el carácter conservador.

En el tercero, las prestaciones son básicas y se les dan solamente a los que las necesitan; hay que demostrar que uno realmente es pobre y que agotó todas las posibilidades antes de recibirlas, de ahí el caracter residual. El resto se deja en manos del mercado, donde la gente compra diferentes formas de seguros para cubrirse de contingencias tales como la muerte, el desempleo o la discapacidad y también todos los servicios, educación, salud, cuidado de niños, enfermos y ancianos.

Por último hay que decir que cada modelito se financia de forma distinta y que hay una especie de interacción entre la financiación, el modelo y su aceptación social, que cada modelo produce diferentes resultados en términos de distribución y de eficiencia, que la formación de un estado de bienestar está íntimamente relacionada con lo que pasa en el mercado de trabajo y que algunos modelos son más fáciles de reformar que otros. Pero a todas esas cosas dedicaremos otros posts. Sirva éste de introducción al tema.

sábado, 28 de julio de 2007

Sorpresas que da la vida

El único artículo que leí hoy sobre la verdadera razón es éste:
El análisis de la noticia
LANACION.com | Economía | Sábado 28 de julio de 2007



Progresismo en La Nación. No, si los medios argentinos ya no son lo que eran. Aunque los lectores, sin embargo, muestran la hilacha.

Y Tomada tendría que aprender un poco sobre cuáles son medidas reales de "inclusión social". Caradura. Si se anima, que venga a aprender acá. Yo le enseño.

lunes, 23 de julio de 2007

La vida del economista

Hace un tiempo en el blog de Todos los Chiflados había desaparecido Larry y Shemp reclamaba su vuelta. Entre los comentarios hubo uno que hizo alusión a que en Argentina no se podían aplicar las políticas que proponían los otros chiflados que no son Larry por ser "aplicables sólo a los países del hemisferio norte" o algo así. Y esa frasecita me dejó pensando.

¿Hay políticas del hemisferio norte que no son aplicables a la Argentina? ¿Es imposible para la Argentina aprender algo de lo que funciona, al decir de la bella Ségolène?

Lo cierto es que me desayuno leyendo que los sindicalistas argentinos están en pie de guerra para que reduzcan los impuestos a los salarios aumentando el mínimo no imponible y entonces me voy corriendo a revisar una de las biblias del economista: el Taxing Wages de la OECD.

La OECD tiene sus cosas, en la opinión de esta señora, entre ellas la de ser incapaz de reflejar en sus páginas que la relación del ser humano con el trabajo está influenciada por otras cosas además del salario y los impuestos, por lo que a veces terminan concluyendo que hay que cobrarles más impuestos a los pobres y menos a los ricos, pero el análisis económico que hacen y la documentación estadística que presentan son impecables. Es imposible leer una publicación de la OECD y terminarla sin haber aprendido algo nuevo. Ojalá Argentina fuera miembro, así la vemos en esas tablas y podemos compararnos con el resto.

Y mientras sigo shockeada por la falta de solidaridad de los sindicalistas, que no sólo olvidan a los excluidos sino también que son una de las partes del famoso contrato social, me entero que en Nueva Zelanda no existen las contribuciones sociales, sólo impuestos a los ingresos, que en Australia y en Dinamarca las empresas no pagan nada de contribuciones sociales, todo son impuestos a los ingresos y cargas sociales pagadas por el empleado y que en Irlanda, donde los costos laborales son muy bajos, todo está más o menos repartido.

Por el lado de lo que no funciona veo que en Grecia la presión impositiva incluyendo beneficios sociales de una familia con dos hijos es mayor que para los solteros -como para que se pongan a tener hijos los griegos- y que los pobres turcos, tanto solteros como casados, sufren la presión más fuerte de todas porque pagan impuestos pero no reciben ningun beneficio y así terminan votando lo que votan.

¿Conclusión? Los impuestos a los salarios no son ningún impedimento para el Estado de Bienestar, todo lo contrario, y ya sería hora que los sindicalistas se decidieran a contribuir con su granito de arena a las finanzas públicas.

miércoles, 18 de julio de 2007

El sexo de los ángeles

No hay duda de que los economistas norteamericanos son los mejores que hay, y encima éste es uno de mis preferidos. Pero a veces me da la impresión de que tendrían que salir a darse una recorridita por el mundo, para ver cómo funciona en otros lados.

Parece que en Francia se reducirán las contribuciones sociales y, para que el presupuesto no haga agua, aumentan el IVA. Entonces se arma toda una discusión sobre como afecta eso la decisión entre trabajo y ocio, las decisiones sobre el ahorro, la distribución del ingreso y el desequilibrio macro en el corto plazo.

No voy a decir que nada de eso sea relevante pero hasta donde llegué en la discusión, aunque ahora probablemente sí, nadie había dicho nada sobre lo obvio; esa medida se toma para bajar los costos laborales de las empresas, unos de los más altos de la UE. Estos costos, junto con la restrictiva legislación de protección al empleo francesa, son uno de los impedimentos para la creación de empleo y una de las causas de la segmentación del mercado de trabajo en Francia.


Y como de eso se trata, de crear empleo y hacer disminuir el desempleo, hay que bajar las contribuciones sociales. Como tampoco se trata de hacer desaparecer al Estado Benefactor de La France, se suben los impuestos indirectos. Yo hubiera elegido repartir el aumento entre los impuestos indirectos y los directos, más para el lado de estos últimos, pero bueno, el gobierno de Sarkozy también tiene su agenda y esta reforma es un buen paso en la dirección del Estado Benefactor que mejor funciona. ¿La Royal hubiera hecho lo mismo?


En todo caso, es ilustrativo verlo. Y ver dónde se encuentran Dinamarca y Francia en las dos curvas.

¿Recomendación para la Argentina? Lo mismo: reducir las cargas sociales y reemplazarlas por una serie de impuestos más o menos en la línea del artículo con el que nos iluminó Lindahl.

Estado de bienestar en Argentina?

Ayer, decíamos que los países que armaron un estado de bienestar más grande durante el siglo XX no crecieron menos. El político sagaz dice: "ja, puedo reducir la desigualdad y la pobreza, cobrarle impuestos a los ricos, mejorar la educación y la salud, y encima crecer? Dónde firmo."

No tan rápido.

Dijimos que para que esto sea el caso, hay que cobrar impuestos a las ganancias personales y al consumo y no tanto a las empresas. Por el lado del gasto, los programas tienen que ser eficientes, más bien universales, y no desincentivar el trabajo.

Se puede, pero llevará tiempo. Hoy Argentina recauda 1,52% del PBI (mirá el Cuadro 17) por ganancias personales, contra casi 9% promedio en la OECD y más de 25% en Dinamarca. Esta diferencia se explica por tres causas: la distribución del ingreso es más desigual acá, la informalidad es mayor y la base del impuesto es menor.

Empecemos por la última: acá las rentas financieras, las ganancias de capital (valorización de activos) y los dividendos no pagan impuestos, en la OECD en general si. Además, el mínimo no imponible del impuesto es alto relativo al ingreso promedio comparado con la OECD. Acá apenas 7% de la población económicamente activa gana lo suficiente para pagar ganancias (ponele que este número esté subestimado porque la EPH subestima ingresos, igual poca gente paga ganancias (763,000 en 2003 contra una PEA de 16 millones, apenas el 4,7%). En EEUU, la PEA es de 153 millones y pagan ganancias aprox. 90 millones, casi 60%.

La informalidad es mayor, con lo cual menos gente tiene ganancias declaradas, achicando más la base. Según Artemio, 43,1% de los trabajadores están en negro. En los países ricos de la OECD, menos del 5%.

Por último, hablemos de la distribución. En Argentina, la distribución del ingreso se parece más a una Chi-cuadrada que a una normal. Es decir, hay muchos pobres, poca clase media y pocos ricos. Otra forma de decir lo mismo es que los ingresos de la clase media se parecen más a los ingresos de los ricos que a los de los pobres. Característica común en toda América Latina, a la cual nos parecemos cada vez más. Sin una distribución más equitativa, será más difícil recaudar ganancias.

Entonces, qué hacer? La informalidad hay que combatirla, y la tecnología está de nuestro lado. Cuanto más se difunda el comercio electrónico y las tarjetas de crédito, más difícil va a ser evadir. (yo estuve cuatro meses en EEUU, y creo que saqué efectivo de un cajero automático dos veces nomás. todo se paga con tarjeta).

También necesitamos una reforma tributaria que grave las rentas financieras y exima las ganancias reinvertidas de las empresas. A mi me gusta el sistema dual de los escandinavos, que grava las rentas financieras con una tasa fija y los ingresos laborales con una tasa progresiva porque desincentiva menos la inversión. También me gusta el flat tax, siempre y cuando haya una deducción que lo haga progresivo en la tasa media. Y como dice Musgrave, habrá que subir un poco la tasa de ganancias para recaudar más, y poder así mejorar de a poco la distribución del ingreso.

Y desde ya, si no mejoramos la eficiencia del gasto, va a ser difícil sostener esto.

Bueno, un post largo, pero el tema lo amerita. Va a llevar tiempo armar un estado de bienestar que permita una sociedad más justa, pero si no empezamos, nunca va a llegar.

martes, 17 de julio de 2007

El estado de bienestar no cuesta nada

Peter Lindert escribió un excelente libro (también hay un paper que resume la evidencia) en el que muestra que los países que armaron un estado de bienestar (básicamente, más impuestos y gasto como porcentaje del PBI) no crecieron menos.

Tiemblan Jorge Avila y los demás economistas libertarios que argumentan que más estado es siempre malo para la economía? Y, un poco si. Veamos.

Lindert muestra que los países con Estado más grande cobran impuestos que castigan menos el crecimiento. A saber, gravan más el consumo y el ingreso laboral y menos al capital. A la vez, tienen programas de gasto que generan menos desincentivos. En particular, tienden a tener más beneficios universales, que por definición, no se pierden cuando uno empieza a trabajar. Por último, los programas de bienestar generan beneficios al crecimiento (ej: más capital humano).

Entonces, aunque ceteris paribus, más impuestos bajarían el crecimiento, ese ceteris paribus no parece haber existido en la experiencia histórica. Es decir, hay efectos de equilibrio general que hacen que los Estados más grandes sean también más eficientes. La política importa, y mucho.

La pregunta del millón es qué podemos aprender los países en desarrollo. Continuará...